Escrito por: o65swymr
La música vibraba en el pecho como un segundo corazón. Luces rojas y azules cortaban el humo del local, y el olor a sudor, colonia cara y alcohol flotaba espeso. Estaba apoyado en la barra de la discoteca, vaso de gin-tonic a medio beber, mirando el ir y venir de cuerpos. Tenía ganas de follar. Ganas de que me cogieran bien, sin prisas y sin miedo.
Fue entonces cuando lo vi.
Un hombre de mediana edad, unos cuarenta y tantos, alto, hombros anchos, pecho marcado bajo una camisa negra abierta en los dos primeros botones. Pelo corto, entrecano, bien peinado. Cara seria, mandíbula fuerte, labios finos. Mirada oscura, de esas que no piden permiso. Cara de empotrador, exactamente como me gusta. Caminaba hacia mí con paso seguro, sin prisa, como si ya supiera que iba a conseguir lo que quería.
Se plantó a mi lado. Su perfume era caro, amaderado.
—¿Solo? —preguntó con voz grave, ronca.
Asentí.
—Te invito a una copa —dijo. No era una pregunta.
Pedí otro gin-tonic. Él un whisky. Bebimos en silencio unos segundos, mirándonos. Él no apartaba los ojos. Me examinaba como si ya estuviera imaginándome desnudo.
—Me gustas —dijo de pronto—. Tienes cara de que te gusta que te den duro.
Sentí un calor subirme por el cuello. Él sonrió apenas, apenas un movimiento de labios.
—Ven —ordenó.
Me agarró de la muñeca y me acercó a él. Su boca se estrelló contra la mía sin aviso. Labios firmes, lengua invasora, sabor a whisky. Me besó como si me estuviera reclamando. Una mano en mi nuca, la otra bajando a mi culo y apretando fuerte. Gemí dentro del beso. Él apretó más.
—Hoy te voy a follar —susurró contra mi boca—. A pelo. Sin condón. Quiero sentirte caliente y abierto. ¿Te parece bien?
Asentí, casi sin voz. Él sonrió de verdad por primera vez.
—Bien. Vamos a mi hotel.
Salimos. El aire de la noche me pegó en la cara. Él tenía un coche negro, elegante. Me empujó al asiento del copiloto y arrancó. Mientras conducía, su mano derecha no paraba de ir a mi entrepierna, apretando mi polla a través del pantalón, frotándola con los dedos.
—Ya estás duro —dijo, divertido—. Qué ganas tienes de que te la meta.
El hotel era uno de los más lujosos de la ciudad. Mármol, luces tenues, personal discreto. Subimos en el ascensor. En cuanto se cerraron las puertas, él me empujó contra la pared y me besó otra vez, más bruto. Manos por debajo de la camisa, pellizcando mis pezones. Cuando el ascensor se abrió, me agarró del brazo y me llevó al suite.
La habitación era enorme. Cama king size, ventanales con vistas a la ciudad, baño de mármol. Él cerró la puerta con llave y se giró hacia mí.
—Quítate la ropa. Despacio.
Me desnudé mientras él me miraba. Camisa, pantalón, calzoncillos. Me quedé en pelotas, polla ya erecta, gota de precum brillando en la punta. Él se acercó y me dio una cachetada suave en el culo.
—Buen culo —dijo—. Redondo. Perfecto para que le dé.
...
El daddy de la discoteca
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