Escrit per: DOMpleasure
Viktor cruzó el umbral arrastrando las botas, con el cuerpo convertido en una plomada de hormigón. El tercer día consecutivo de Digoxina en vena había perforado sus defensas; la visión se le nublaba con destellos blancos y el corazón latía a un ritmo caótico, incapaz de bombear sangre a sus cien kilos de músculo. Se dejó caer de bruces sobre el colchón sin sábanas que ocupaba el centro de la habitación, respirando con la boca abierta, bañado en un sudor frío y pegajoso.
Jairo cerró la puerta con pestillo y cerrojo. El corazón le golpeaba las costillas, pero no de miedo, sino de una excitación febril. Estaba a solas con el monstruo. La bestia estaba de rodillas. Por fin dónde lo quería desde hacía días.
—Joder, húngaro... te has quedado sin pilas —murmuró Jairo, acercándose con una botella de agua fresca. Se la tendió con gesto solícito, casi tierno—. Bebe despacio, jefe. Estás ardiendo.
Viktor agarró el envase con los dedos temblorosos, dándose cuenta con rabia de que apenas tenía fuerza para apretar el plástico. Bebió con avidez, pero el líquido no le despejó la modorra; al contrario, sintió que la cabeza se le convertía en una ciénaga.
Jairo aprovechó el momento de vulnerabilidad. Con una lentitud estudiada, empezó a desabrocharle la cazadora vaquera, deslizándola por sus hombros gigantescos con caricias exageradamente sumisas pero con ojos llenos de venganza. Las manos de Jairo recorrían el pecho tatuado y sudoroso de Viktor, bajando hacia el elástico del pantalón y el bóxer. Una leve sonrisa violenta le nacía de la comisura. Era consciente de que iban a ser las últimas muestras de su falsa sumisión.
Viktor, en un chispazo de lucidez impulsado por el delirio del fármaco y el contacto, abrió los ojos inyectados en sangre. Sus instintos de depredador herido seguían ahí, agazapados. Le agarró la muñeca a Jairo con una fuerza que hizo que al chico se le encogiera el alma.
—¡Qué cojones haces, negro!
—¿Confías en mí, Vik? —susurró Jairo con voz almibarada, pegando su boca al cuello del húngaro, montándose a horcajadas sobre sus muslos para inmovilizarle las caderas—. Túmbate bien. Solo intento ponerte cómodo. Déjame que te cuide, en un rato te encontrarás mejor. Verás.
Viktor soltó una risa seca, ronca, y le clavó los dedos en la nuca con un dolor sordo.
—No confío ni en mi sombra, negro... —babeó el húngaro, con la voz pastosa—. Pero si vas a dejarme en pelotas es para comerte el rabo hasta el fondo —dijo en un intento de controlar lo incontrolable.
—Claro que sí…—Jairo tragó saliva tanteando el objeto contundente más cercano— Pero estírate bien. Déjame cuidarte ya que no quieres que llame una ambulancia —rogó Jairo con voz sumisa, besándole los párpados, jugando a ser la puta obediente. Le retiró los pantalones dejándole...
EL RECLUSO: Día de muertos (Cap.9)
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