Escrito por: o65swymr
Tenía treinta y tres años y había decidido, con una claridad casi obsesiva, que este cumpleaños no iba a parecerse en nada a los anteriores. Nada de cenas discretas en restaurantes con mantel blanco y copas de vino que se enfriaban mientras alguien contaba un chiste malo. Nada de regalos envueltos con lazo que luego terminarían olvidados en un cajón. Nada de mensajes de “feliz cumpleaños, tío” acompañados de una palmada en la espalda y una sonrisa educada. Quería celebrarlo grande. Quería que mi cuerpo lo recordara durante días, que cada músculo, cada nervio y cada centímetro de piel guardara la memoria de lo que iba a pasar. Quería un gangbang a pelo. Quería sentir pollas crudas abriéndome una detrás de otra, semen caliente llenándome hasta desbordarme, manos conocidas y desconocidas agarrándome las caderas, la boca, el pelo, los pezones. Quería despertar al día siguiente con el culo ardiendo, los músculos doloridos, marcas en la piel y la certeza absoluta de haber sido usado hasta el límite y más allá.
Lo organicé con una precisión casi militar durante semanas. Busqué y alquilé un ático amplio en las afueras de la ciudad, lejos del ruido del centro, con terraza privada orientada al oeste, una ducha enorme de cristal con varias cabezales, un sofá modular de tela oscura que se convertía en una cama gigante y suelo de madera fácil de limpiar. Compré lubricante a litros —el bueno, el espeso, el que no se seca rápido—, toallas gruesas de hotel, botellas de agua, fruta fresca, barras energéticas, electrolitos y un par de plugs de diferentes tamaños. También preparé un pequeño botiquín por si acaso: crema calmante, toallitas húmedas, guantes de látex por si alguien se cortaba afeitando. Avisé a ocho tíos de confianza. Todos mayores de edad, todos enterados exactamente de lo que se venía: sexo crudo, sin preservativos, semen dentro, muchas pollas y mi culo como centro absoluto e indiscutible de la fiesta. Les dije que trajeran solo ganas, buena higiene y, si querían, algún juguete. Yo me encargaría del resto. Les envié la dirección el mismo día, con horarios escalonados para que no llegaran todos a la vez y el salón no se convirtiera en un caos desde el primer minuto.
El día llegó nublado y fresco, de esos que invitan a quedarse dentro. Me levanté temprano. Me duché despacio, dejando que el agua caliente me relajara los hombros. Me afeité el culo con esmero, los huevos, el vello de la base de la polla y un poco del camino hacia el ombligo, hasta dejarlo todo liso, suave y terriblemente sensible. Cada pasada de la cuchilla me hacía estremecer. Después me metí el plug más grueso que tenía —uno de silicona negra con base ancha— y lo llevé durante horas mientras preparaba la casa. Cada vez que me agachaba a colocar una toalla o a dejar una botella de lubricante abierta en un sitio estratégico, sentía el peso del juguete dentro, presionando, recordándome lo que iba a ocurrir. La anticipación me tenía medio duro casi todo el tiempo. Me pus...
Mi cumpleaños lechero
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