Escrito por: o65swymr
Había planeado la ruta con meses de antelación. Cinco días por los valles y crestas de Navarra, desde los bosques húmedos del norte hasta las laderas más abiertas del Pirineo occidental. Solo. Sin compañeros, sin señal de teléfono la mayor parte del tiempo, solo el peso de la mochila, el crujido de las botas sobre la tierra y el sonido constante del viento entre los hayedos. Me llamo Marcos, tengo treinta y dos años, y esa soledad era exactamente lo que buscaba.
El tercer día amaneció gris y fresco. Había dormido mal en el saco, con el suelo irregular del refugio libre de la noche anterior clavándome en los hombros. Desayuné a regañadientes un puñado de frutos secos y un café instantáneo que sabía a cartón. La ruta de ese día era larga: subir por una senda estrecha que serpenteaba junto a un arroyo, atravesar un collado y bajar hacia un valle secundario donde, según el mapa, había un refugio de montaña casi abandonado. El barómetro marcaba posibilidad de lluvia por la tarde. Me ajusté las hombreras, me aseguré de que el impermeable estuviera a mano y empecé a caminar.
El esfuerzo se acumuló pronto. El terreno era empinado, el barro de las lluvias de los días anteriores se pegaba a las suelas y cada paso exigía más de lo que mis piernas querían dar. El sudor me empapaba la camiseta técnica bajo la chaqueta. El olor a tierra húmeda, a helechos y a mi propio cuerpo se mezclaba en un perfume áspero y masculino. A media mañana el sol asomó entre nubes rotas y el calor aumentó. El arroyo que me acompañaba se volvió más estrecho y más ruidoso. Seguí su curso por instinto más que por el mapa.
Fue entonces cuando la oí. No el arroyo principal, sino un sonido más fino, más constante, como de agua cayendo sobre piedra. Me desvié de la senda marcada. Los árboles se abrieron de golpe y apareció delante de mí una pequeña cascada. No era imponente. Un salto de apenas cuatro o cinco metros que se despeñaba sobre una poza circular de agua clara y verdosa, rodeada de rocas musgosas y helechos que crecían en las grietas. El lugar estaba escondido, casi secreto. El ruido del agua ahogaba cualquier otro sonido del bosque.
Me detuve al borde de la poza. El barro me llegaba hasta las rodillas de las pantalones, el sudor me corría por la espalda y el pecho, y el olor a esfuerzo se había vuelto denso. Miré a mi alrededor. Ni un rastro de sendero, ni una huella reciente. Solo yo y el agua. La decisión fue casi automática. Dejé la mochila sobre una roca seca, me quité las botas y los calcetines embarrados, y empecé a desvestirme.
Primero la chaqueta, luego la camiseta pegada a la piel. El aire fresco me rozó el torso sudado y me provocó un escalofrío agradable. Los pantalones cayeron después, junto con la ropa interior. Me quedé completamente desnudo sobre la roca húmeda. El sol filtrado por las hojas dibujaba manchas de luz sobre mi cuerpo: los hombros anchos, el pecho con un vello oscuro y rizado, el vientre plano endurecido por días de m...
El refugio de la cascada
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