Escrito por: MaxTwink
Siempre me he considerado bisexual, me han atraía chicos y chicas por igual. Aunque reconozco que he reprimido bastante mi lado gay y he intentado ligar sólo con chicas. Muchas de las chicas con las que quedaba me decían lo mismo, que era muy guapo, pero que tenían la sensación de que no estaban con un hombre de verdad al ver mi micropene. Finalmente, di por hecho que nunca iba a ser padre ni formar una familia. Sentía un gran vacío en mi vida.
Decidí esta tarde ir al parque. El aire fresco del atardecer siempre tenía la capacidad de serenarme la mente. Me puse las zapatillas de deporte, un pantalón corto y una camiseta azul para salir a correr por el parque para despejar la cabeza de los pensamientos negativos.
Con mi pelo castaño moviéndose ligeramente con la brisa y los auriculares puestos, avanzo a paso firme por el camino asfaltado rodeado de árboles. La luz dorada de la última hora de la tarde bañaba césped y las hojas de los árboles, creando una atmósfera serena que me permitía desconectar por un momento de sus dudas e inseguridades. Con cada zancada, sentí mi cuerpo ligero y en movimiento, buscando un ritmo constante en el que refugiarme.
A medida que avanzaba por el sendero, el sonido de unas risas llamó mi atención. A un lado del camino, en una explanada de hierba, un grupo de niñatos de barrio de 18 años que jugaba entre bromas, pasándose un balón. Sin poder evitarlo, aminoro ligeramente la marcha y echó una mirada en su dirección. Los observó con detenimiento: la soltura con la que interactuaban, la naturalidad de sus gestos, su masculinidad y la confianza que transmitían; lo que yo no tenía.

En mi interior vino a mi mente que quizás yo estaba hecho para ser usado por los hombres, una idea que durante años había reprimido o intentado apartar. Por primera vez en mucho tiempo, no hubo espacio el autojuicio; solo la simple aceptación de lo que sentía y el deseo silencioso de poder mostrarme tal como era, sin miedo al rechazo.
El ambiente tranquilo de la tarde pareció tensarse por un segundo. Al notar que estaba parado y mirando, uno de los chicos del grupo dejó de pasar el balón, se giró hacia mí, levantando la voz con un tono desafiante, soltando a bocajarro:
-¿Qué miras tanto? ¿Es que eres maricón o qué te pasa? ¿Te ponemos cachondo, zorra?
Los demás miembros del grupo guardaron silencio por un instante, hasta que empezaron a chillarme y reírse.
En ese momento, sentí un vuelco en el estómago. Era una situación a la que siempre había temido, la confrontación directa que solía activar todas mis alarmas e inseguridade...
Max, la puta de Nikolai I
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