Escrito por: DOMpleasure
Guillermo se despertó con los ojos hinchados y el estómago encogido por una culpa pastosa. Lo primero que hizo, antes incluso de mirarse al espejo, fue meterse en la ducha por cuarta vez y frotarse los muslos con el gel de avena hasta dejarse la piel roja. Mientras el agua caliente le corría por la nuca, revivió en bucle el crujido del tabique, los gemidos sumisos de Santi, la respiración animal de Vik y, sobre todo, el recuerdo vergonzoso de sus propios dedos moviéndose frenéticamente dentro de sus calzoncillos, buscando el aliento que el gigante húngaro le estaba regalando a otro a escasos metros. Se sentía sucio, expuesto y en una parte muy escondida, celoso.
Al salir al pasillo, con el pelo aún húmedo y vistiendo su uniforme de diario —los chinos impecables, la camisa de lino verde claro abotonada hasta el cuello y las gafas de leer de montura que usaba solo a veces—, intentó recomponer su fachada de joven educado.
Pero el entorno salvaje desayunaba descalzo y con una camiseta de tirantes en la cocina americana.
Tenía la espalda apoyada contra la encimera de mármol y sostenía una taza de café humeante entre sus manos enormes, decoradas con las cicatrices desvaídas de los nudillos.
—Buenos días, cerebrito —soltó Vik, sin mirarlo, con esa voz que parecía salir directamente del subsuelo. Su acento húngaro sonaba arrastrado, perezoso, masticado por el sueño—. Hoy te he preparado yo el café. —Dijo alargando su enrome brazo y deslizando en dirección a Guillermo una taza que esperaba sobre la encimera— Espero que te guste bien cargado.
Guillermo tragó saliva, sintiendo que las piernas le flaqueaban sutilmente ante la sola presencia del tipo que pocas horas antes manejaba a un hombre como si fuera un muñeco de trapo. Cruzó la cocina intentando no mirar lo que se abultaba agresivo bajo el final de la camiseta de Vik, ni la firmeza de sus muslos. Pero no pudo reparar en que en el fondo de su cerebro se había segregado un leve dosis de dopamina por el detalle del café. El primer pequeño detalle que el gran monstruo había tenido en varias semanas.
—Gracias —dijo Guillermo, con una voz que intentó modular para que sonara profesional—. Me encanta el café cargado. Me ayuda a concentrarme más —Añadió intentando crear un ambiente natural que no existía desde hacía días.
Sujetó la taza y se la llevó a los labios mientras de reojo advertía como el húngaro sonreía levemente y se rascaba su enorme bulto con la mano libre.
Entonces, casi por instinto de supervivencia, se separó al taza de los labios.
—¿Qué pasa? ¿Muy cargado para tu estómago de bebé?
—¿Qué le has echado? —Preguntó Guille asustado...
EL RECLUSO: Funcionario de guardia (Cap. 4)
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