Escrito por: Josesanz
Capítulo 1: El Nerd
Me llamo Carlos, y soy lo que algunos llamarían un nerd. Veinte años y virgen, atrapado en mi ático, rodeado de cómics y figuras de acción. Si mis calcetines hablaran, no tendrían palabras para describir la cantidad de leche que he derramado tratando de sentir placer, de apaciguar esta ansiedad que me quema por dentro.
Mis hermanos y mi padre no lo saben, y dudo que lo hagan algún día. El caos que desataría al revelar mi orientación sexual sería incontenible. Mi padre, Ricardo, es un militar retirado que aún viste su uniforme como una segunda piel, una armadura contra un mundo que ya no entiende. Su mirada es un campo minado.
Una noche, todo cambió.
Bajé sigiloso a la cocina, atraído por el vacío de la madrugada. La casa estaba en silencio, pero no era un silencio tranquilo. Era el silencio que precede a una tormenta. Me pegué a la pared, convirtiéndome en una sombra.
—Mi amor, deja a Carlos en paz. Él es inofensivo —suplicó la voz dulce y cansada de mi madre, Mónica.
—¡No, Mónica, no! —rugió la voz de mi padre, cargada de desprecio—. ¡Es un inútil! Un inservible. Se pasa los días encerrado, viendo esas babosadas. No es un hombre.
—Ricardo, escúchame. No tienes por qué ser tan rudo. Quizás… quizás le falta quemar etapas.
—Etapas que ya debió haber quemado —cortó él, su voz un latigazo—. Basta. Mañana mismo me lo llevo. Le daré forma, aunque tenga que romperlo para lograrlo.
El sudor frío me empapó la espalda. Mis manos temblaban. Una mezcla de nervios e impotencia me paralizó. Subí a mi habitación y me acurruqué en la cama, hecho un ovillo, preguntándome qué clase de locura podría cometer mi padre. ¿Un internado militar? ¿Una granja de trabajo?
La noche fue un suplicio insomne. Cada crujido de la casa era un presagio. Cada sombra en la pared era una amenaza.
Al amanecer, un silencio llenó la casa. Bajé a la cocina, decidido a enfrentar mi destino con una valentía que no sentía. Mis piernas eran de gelatina. Mi estómago era un nudo.
—Carlos —la voz de mi padre resonó como un disparo seco—. Tenemos que hablar.
—Okay, papá —musité, hundiéndome en una silla del comedor.
—Es mejor que me esperes en mi oficina —ordenó, sin apartar la vista de su periódico, dando un sorbo lento a su café.
En su oficina, el aire olía a cuero viejo, tabaco y polvo. Las estanterías desordenadas estaban llenas de manuales y condecoraciones. Mis ojos se posaron en las fotos enmarcadas. Un joven Ricardo, con el torso desnudo en una playa, su físico escultural rivalizando con los de los carteles de Max Steele. El sol bronceaba su piel. Sus pectorales, marcados. El vello de su pecho bajaba hasta desaparecer en la cintura del bañador.
Una ola de calor me subió por el cuello. Bajé la mirada rápido, como si la foto pudiera verme.
Entró y se sentó pesadamente frente a mí. Su mirada me escrutó, desde mis zapatos hasta mi cabello despeinado.
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