Escrito por: DOMpleasure
¿o sí?
***
Guillermo repasó con la yema del dedo el borde de la mesa de cristal del salón. Ni una mota de polvo. El reflejo del sol de la tarde entraba a raudales por el ventanal del ático, iluminando las líneas limpias, el suelo de tarima clara y los sofás de diseño escandinavo que sus padres habían pagado para "ayudarle a independizarse" en una de las mejores zonas de Madrid. Todo era perfecto, minimalista, pulcro. Demasiado pulcro.
Se miró de reojo en el espejo del pasillo mientras se recolocaba el cuello del jersey. A sus 26 años, Guille sabía que daba la impresión de tenerlo todo bajo control: el pelo castaño y rizado perfectamente cortado, los ojos claros fijos en un objetivo, un cuerpo delgado pero fibrado por el gimnasio que ocultaba bajo ropa discreta y de marca. El hijo ideal. El estudiante brillante que preparaba una tesis doctoral en Integración Social. Sin embargo, el sudor frío que le humedecía las palmas de las manos contradecía esa fachada de calma.
Caminó por el pasillo y abrió la puerta de la habitación pequeña. Estaba vacía, a excepción de una cama individual impecablemente vestida con sábanas blancas, un armario empotrado y un escritorio de madera clara. Volvió a mirar el reloj. Llevaba tres semanas obsesionado con que cada rincón del piso estuviera en orden, revisando los niveles de limpieza como si su vida dependiera de ello. Mentía a sus amigos o familiares, cuando estos acudían a su casa diciendo que simplemente le gustaba el orden antes de empezar la fase de campo de su investigación. No quería admitir que la idea de romper la perfecta burbuja de su hogar le provocaba un vacío en el estómago que rozaba el vértigo. Fue a su habitación y en los últimos minutos que le quedaban de silencio ante la nueva situación que le llegaba, abrió el primer cajón de la cómoda, sacó la carpeta azul que tanto había estudiando y cogió la última hoja. Ya estaba algo manoseada. Repasó el documento mientras se decía a sí mismo que todo era por cuestiones académicas. Se detuvo en la foto durante más minutos de lo que le gustaría confesar. Aquella imagen le había obsesionado las últimas semanas.

El timbre sonó. El eco mecánico vibró en las paredes desnudas del ático. Guille contuvo el aliento, se alisó los pantalones chinos y caminó hacia la puerta.
Al abrir, el aire pareció desaparecer.
—¿Guillermo? Buenos días. Soy el agente Peña, del programa de seguimiento de reclusos.
Guille apenas escuchó al funcionario de prisiones. Sus ojos claros se clavaron, de forma inevitable y magnética, en el hombre que estaba un paso por detrás.
Víktor.
Físicamente, era un golpe directo ...
EL RECLUSO: Un choque de prisiones (Cap. 1)
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