Escrito por: MAnT
La voz del otro lado es calmada, grave, con ese tono de quien ya sabe que vas a decir que sí. Te ofrece un trabajo: mucho dinero, sin preguntas, sin contrato, sin dejar rastro. Solo tenés que presentarte en un estacionamiento subterráneo a las once de la noche. Nada más. Decís que ahí vas a estar.
Llegás puntual. Un tipo alto, traje oscuro, te espera junto a un auto negro sin placas. Apenas cruzan dos frases. Te pide el celular. Lo apagás delante de él y lo tira dentro de una bolsa que luego guarda en la guantera. No volvés a ver ese teléfono nunca.
Te vendan los ojos con cinta adhesiva gruesa. Te atan las muñecas y tobillos con bridas de plástico que se clavan en la piel. Te meten un trapo en la boca y lo aseguran con más cinta. Te cargan como un bulto y te tiran al maletero. El golpe de la tapa al cerrarse es lo último que escuchás antes de que el motor arranque.
El viaje dura horas. O días. Perdés la noción. El auto se detiene, arranca, dobla, se detiene otra vez. El calor dentro del maletero se vuelve insoportable. El sudor te corre por la espalda. Cada vez que respirás solo entrás trapo y miedo.
Cuando por fin paran, abrís y cerrás los ojos bajo la venda. Escuchás dos voces bajas. Te sacan del maletero como si pesaras nada. Te pasan de mano en mano. El primer tipo se va sin decir una palabra más. El segundo te agarra del brazo con fuerza y te arrastra por un piso de concreto. Bajás escaleras. El aire se vuelve frío y húmedo.
Llegan a un sótano. Te empuja contra una pared. Te arranca la ropa a tirones hasta dejarte completamente desnudo. Escuchás el sonido metálico de cadenas. Te pone grilletes pesados en las muñecas y en los tobillos. El hierro está frío y ajustado justo para que no puedas zafar.
Te quita la venda de un jalón.
Es la primera vez que lo ves. Un hombre de unos cuarenta y tantos, barba corta, ojos negros que no parpadean. Te mira como quien revisa una herramienta nueva. Señala el piso.
—Arrodíllate.
Obedecés. Las cadenas suenan al moverse.
Se baja el cierre del pantalón sin prisa. Te agarra del pelo con una mano y te mete la verga hasta el fondo de la garganta. No hay calentamiento. Te folla la boca con golpes duros, profundos, usándote como un agujero. Las lágrimas te corren por las mejillas, la baba te chorrea por el mentón. Cuando se corre, te lo empuja hasta el fondo y se queda ahí mientras te vacía entero.
Te empuja con el pie. Caés de lado al piso frío, tosiendo, con el sabor de su leche en toda la boca.
Te escupe en la cara.
Camina hacia la puerta de metal. Antes de cerrarla con llave, se detiene un segundo y te mira desde arriba.
—Ahora tu mundo soy yo.
La puerta se cierra. El cerrojo suena como un disparo.
Y ahí te quedás. Encadenado. Desnudo. En un sótano sin ventanas, sin luz natural, sin ninguna forma de saber si es de día o de noche. N...
Mi nueva vida
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