Escrito por: minto
Esa noche Sánchez decidió que Vince sería el centro absoluto de atención. No hubo previo aviso especial; simplemente, cuando los amigos ya estaban en el sótano, bebiendo y hablando en voz baja entre ellos, Sánchez hizo un gesto hacia la puerta y ordenó que lo trajeran.
Vince apareció caminando desnudo, con el collar de cuero negro bien ajustado, la mirada fija en el suelo y el cuerpo tenso. Todavía llevaba las marcas de los días anteriores: moretones en distintos tonos de azul y violeta, rayas rojizas en los muslos y las nalgas, una leve hinchazón en las muñecas. Entró en silencio, se detuvo donde Sánchez le indicó y esperó.
Gustavo permanecía de rodillas en un rincón, exactamente en la postura que le habían ordenado, con las manos sobre los muslos y la orden estricta de observar todo en silencio y sin tocarse. Ni siquiera podía ajustar la posición si las piernas empezaban a dormirse.
Sánchez esperó a que el silencio se instalara del todo antes de hablar. Explicó con calma y claridad, casi con tono didáctico, lo que iba a ocurrir. Vince sería usado por todos los presentes, de forma prolongada, sin piedad y sin descanso real entre uno y otro. Debía aguantar. Debía dar las gracias después de cada hombre, en voz audible. Debía permanecer consciente y abierto el mayor tiempo posible. Si se desmayaba, lo reanimarían y continuarían. Si pedía que pararan, el castigo posterior sería peor.
Vince escuchó sin levantar la vista. Al terminar la explicación, solo asintió una vez, se puso de rodillas en el centro exacto de la habitación y abrió la boca por iniciativa propia, ofreciéndose ya antes de que nadie se lo pidiera.
Empezaron despacio y con método, como si estuvieran siguiendo un protocolo que todos conocían. Primero lo azotaron con la mano abierta. Las palmadas resonaban secas contra la piel. Vince contuvo los primeros gritos, pero pronto dejó de intentarlo. Cada golpe dejaba una marca roja e hinchada que se iba sumando a las anteriores hasta convertir las nalgas y la parte alta de los muslos en una superficie sensible y ardiente. Después pasó el cinturón de cuero grueso.
El sonido cambió: más profundo, más pesado. Vince gritaba con cada impacto, el cuerpo sacudiéndose hacia adelante, pero no pedía que pararan. Solo respiraba entre golpe y golpe y mantenía la posición lo mejor que podía. Cuando consideraron que la piel ya estaba lo bastante trabajada, lo levantaron y lo ataron de pie. Los brazos quedaron tensos hacia arriba, sujetos a una anilla del techo; las piernas, separadas por una barra que le impedía cerrarlas. Así expuesto, lo penetraron uno tras otro. No usaron lubricante extra. Solo saliva y lo que ya había dentro de él de las preparaciones anteriores.
Cada hombre tomaba su tiempo. Algunos iban despacio y profundo; otros, con embestidas cortas y secas. Vince se sacudía con cada empujón. Las lágrimas le corrían por la cara sin parar, mezclándose con la saliva que le caía de la boca. Después de cada ...
Capítulo VIII – La sesión sádica para Vince
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