Escrito por: minto
Los fines de semana la casa se llenaba de una forma casi ritual, como si el propio edificio respirara de otra manera cuando llegaba el viernes por la tarde.
Sánchez invitaba a un círculo reducido de hombres que compartían sus gustos más oscuros: sádicos experimentados, con dinero, sin prisa y sin ninguna empatía innecesaria. Eran siempre los mismos rostros, o casi. Hombres de edades distintas, pero con la misma mirada evaluadora y fría.
Llegaban al atardecer, aparcaban los coches con discreción y subían al salón del piso de arriba, donde el whisky y las conversaciones bajas llenaban el ambiente durante horas. Hablaban de negocios, de viajes, de otras propiedades… y, sin apenas cambiar el tono, de cuerpos, de resistencia, de cómo había aguantado tal o cual esclavo la última vez.
Gustavo y Vince, abajo, ya sabían lo que venía. El sonido de las risas y de los vasos chocando era la señal. Debían estar de rodillas, desnudos, limpios por fuera, abiertos por dentro y en silencio absoluto cuando la puerta del calabozo se abría. Cualquier fallo en la postura, cualquier ruido, cualquier mirada levantada demasiado pronto, se pagaba después.
Cuando por fin bajaban, el ambiente del sótano cambiaba por completo. Los hombres los inspeccionaban como se inspecciona mercancía de calidad en un mercado privado. Les abrían la boca con los dedos, presionando la lengua, comprobando la garganta, a veces introduciendo dos o tres dedos hasta provocar el reflejo. Les separaban las nalgas con las dos manos, evaluando lo abiertos que estaban, el color de la piel, las marcas del día anterior.
Les tocaban los moretones con comentarios gráficos y fríos: “Este todavía está sensible”, “Aquí se le puede insistir”, “La zona de los muslos aguanta más de lo que parece”. A veces elegían a uno y dejaban al otro de rodillas observando. A veces los querían a los dos al mismo tiempo, uno chupando mientras el otro era penetrado, o ambos a cuatro patas lado a lado para comparar.
Gustavo aprendió rápido las reglas no escritas. A no mirar a la cara a nadie a menos que se lo ordenaran expresamente. A mantener la mirada en el suelo o en el punto que le indicaran. A responder solo cuando le hablaban, y siempre con las fórmulas exactas: “sí, señor” o “gracias, señor”, aunque la voz le saliera rota, entrecortada o casi inaudible. El silencio, cuando no le preguntaban, era obligatorio. El cuerpo debía permanecer disponible, pero la mente debía aparentar estar apagada.
Una noche, uno de ellos —un hombre alto y delgado de voz suave y manos largas y pálidas— se interesó especialmente en Gustavo. Lo observó durante varios minutos en silencio mientras los demás hablaban con Sánchez. Luego se acercó, le levantó la cara con dos dedos y le examinó la boca con calma.
Pareció satisfecho. Sin decir casi nada, lo hizo ponerse a cuatro patas en el centro del sótano, exactamente bajo la luz más fuerte. Le abrió las nalgas con las dos manos, las separó hasta que ...
Capítulo VII – Los amigos sádicos de Sánchez
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