Escrito por: minto
La casa de campo dejó de ser un lugar al que iba los fines de semana. Se convirtió en su única realidad, en el centro absoluto de su existencia.
Todo lo que había sido antes —el gimnasio, el cuarto pequeño, las rutinas que él mismo elegía— se fue desvaneciendo hasta convertirse en un recuerdo borroso y cada vez más lejano. Sánchez le había asignado un espacio permanente en el sótano: un calabozo pequeño de paredes de piedra fría y húmeda que transpiraban constantemente, con una cama estrecha de metal sin colchón digno, solo una fina esterilla que apenas amortiguaba el frío del hierro.
Había anillas oxidadas fijadas a las paredes y al suelo, lo bastante resistentes para soportar horas de forcejeo, y un inodoro bajo sin ninguna privacidad, colocado en una esquina donde cualquiera que bajara podía verlo. El aire siempre estaba cargado. El collar de cuero negro ya no se lo quitaba casi nunca. Solo cuando Sánchez decidía que debía entrenar unas horas en el gimnasio para mantener el cuerpo en el estado físico que él consideraba útil como mercancía. Esas salidas eran breves, vigiladas y puramente funcionales: levantaba pesas, sudaba, regresaba. Luego el collar volvía a cerrarse alrededor de su cuello con el mismo clic seco de siempre.
Los días tenían una estructura clara, cruel y repetitiva, diseñada para borrar cualquier resto de voluntad propia. Por la mañana, si no había sido usado durante la noche hasta el agotamiento completo, debía arrodillarse junto a la puerta del calabozo en la postura exacta que le habían enseñado: espalda recta, manos sobre los muslos, mirada al suelo, boca ligeramente abierta. Allí esperaba, a veces durante más de una hora, hasta que Sánchez o Vince vinieran a buscarlo.
El silencio de esa espera se volvía ensordecedor. Solo se oía el goteo lejano de alguna tubería y su propia respiración. Luego venían las limpiezas forzadas. Debía ducharse con agua fría mientras alguien lo observaba, frotarse hasta que la piel le ardía y presentarse después completamente limpio y disponible.
A continuación, empezaban las posturas: permanecer de rodillas con los brazos extendidos hasta que los músculos temblaban sin control, mantenerse a cuatro patas con la espalda arqueada durante periodos cada vez más largos, o quedarse de pie con las piernas separadas y las manos detrás de la cabeza mientras le colocaban pinzas en los pezones o en el escroto.
Los ejercicios de resistencia al dolor eran diarios. Azotes con la mano, con el cinturón o con la vara fina. Negación de orgasmo prolongada hasta que las lágrimas le corrían por la cara sin que pudiera evitarlo. Sánchez le había enseñado a mantenerse abierto con plugs cada vez más grandes durante horas enteras, incluso mientras dormía o mientras comía de rodillas. A aguantar el azote sin pedir que parara, aunque la piel se abriera ligeramente y el ardor se volviera casi insoportable. A usar la boca durante el tiempo que le ordenaran, aunque la mandíbula le dolier...
Capítulo VI – La nueva vida en la mazmorra BDSM
Xtudr, el chat esencial para los fetichistas gays, te conecta con miles de chicos en tu área que comparten tus gustos. Disfruta de la comunicación instantánea enviando y recibiendo mensajes.
Explora una forma rápida, sencilla y divertida de conocer gente nueva en la red de encuentros para chicos líder como minto.
Con Xtudr, puedes:
- Crear un perfil con fotos y preferencias.
- Ver perfiles y fotos de otros usuarios.
- Enviar y recibir mensajes sin restricciones.
- Utilizar filtros de búsqueda para encontrar tu pareja perfecta.
- Enviar y recibir Taps a tus favoritos.
Regístrate en la aplicación fetichista y BDSM más popular y comienza tu aventura hoy mismo.
https://www.xtudr.com/ca/relatos/ver_relatos_basic/44532-chapter-vi-the-new-life-in-the-bdsm-dungeon