Escrito por: minto
No fue Sánchez quien lo empujó al siguiente paso. Fue Gustavo quien, con el cuerpo y la mirada, se ofreció como lo que ya era.
Durante un fin de semana en la casa de campo, Sánchez organizó una reunión más grande. Hombres mayores, de dinero y gustos refinados y profundamente sádicos. La casa olía a madera, a cuero, a sexo reciente y a algo metálico. Vince ya había sido mostrado y usado frente a todos, de rodillas, abierto, silencioso y marcado. Cuando llegó el turno de Gustavo, Sánchez lo hizo entrar desnudo en el salón principal, con el collar de cuero negro bien ajustado, el culo todavía abierto, brillante y goteando de uso reciente, y las nalgas cubiertas de marcas del día anterior.
—Este es Gustavo —presentó con voz calmada y clara—. Veinticinco años. Cuerpo de entrenador. Todavía aprende, pero ya entiende su lugar. Está disponible esta noche y las que hagan falta.
Los hombres lo inspeccionaron con calma profesional y lasciva. Le abrieron la boca con los dedos, le separaron las nalgas, le tocaron los músculos con manos expertas y frías, le apretaron los pezones hasta que soltó un quejido. Gustavo permaneció de rodillas, respirando despacio, sintiendo cómo el miedo y la excitación se fundían hasta volverse una sola cosa caliente y vergonzosa. Escuchó cómo negociaban en voz baja y gráfica. Cómo ponían precio a su obediencia, a su capacidad de sufrir en silencio, a su cuerpo bien entrenado y ya marcado por el uso.
Uno de ellos, de voz grave, manos grandes y callosas y mirada fría, se interesó de inmediato. Hablaron durante varios minutos. Cuando el trato se cerró, Sánchez se agachó frente a Gustavo y le levantó la cara con dos dedos firmes bajo la barbilla, obligándolo a mirar al nuevo dueño temporal.
—A partir de ahora tienes un nuevo amo por esta noche y las que él quiera. Yo te enseñé lo que eres. Él va a usarte como le dé la gana. ¿Entiendes?.
Gustavo tragó saliva. El corazón le latía con fuerza contra las costillas. Miró a Sánchez una última vez y luego bajó la mirada hacia el hombre que ahora lo poseía por derecho de acuerdo.
—Sí, amo —respondió con voz clara, aunque le temblara un poco—. Soy suyo también esta noche.
Y por primera vez, la palabra no le sonó solo a derrota. Le sonó a destino sucio y definitivo. A un camino que, aunque oscuro y doloroso, por fin tenía una forma clara.
El nuevo amo le puso una mano en la nuca, firmemente, casi dolorosa, y lo hizo ponerse de pie. Gustavo obedeció sin dudar. Detrás de él, Sánchez sonreía con la quietud de quien ha terminado una etapa de una obra que llevaba tiempo construyendo con paciencia y crueldad.
Capítulo V – Un nuevo amo
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