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Los albañiles se apartaron de golpe, jadeando, con las ropas a medio acomodar y los ojos encendidos. Don Toño se sentó en el borde de una de las literas y le hizo una seña a Leonardo con el dedo.
—Ahora te toca a ti, muñeca. Desvísteme.
Leonardo lo miró desde su sitio, todavía envuelto en el vestido rosa y el encaje rojo, con el cuerpo entero temblando de excitación. No preguntó. Se arrodilló frente a don Toño y, con dedos torpes pero decididos, empezó a desabotonarle la camisa manchada de mezcla. Cada botón que se abría dejaba ver más de aquel pecho ancho, cubierto de canas y cicatrices, oliente a sudor y a macho.
—Despacito —le ordenó don Toño, con una voz ronca que retumbaba en el cuarto—. Como una mujercita obediente.
Leonardo asintió sin levantar la mirada. Le sacó la camisa de los hombros, dejando al descubierto unos brazos enormes y una espalda surcada de viejas heridas de obra. Luego se ocupó del cinturón. El cuero cedió con un chasquido seco. Los botones del pantalón, uno a uno, bajo los dedos temblorosos del chico. Y por fin, la trusa de algodón, húmeda de sudor, tras la que se adivinaba un bulto duro y grueso.
La polla de don Toño saltó al aire como un animal furioso. Gorda, morena, con una vena azul que le cruzaba el tronco y un glande rojizo y brillante. Leonardo se quedó mirándola, hipnotizado. Era la primera polla de su vida, y era enorme.
—Chúpamela —dijo don Toño, sin más.
Leonardo se inclinó y, con toda la inexperiencia del mundo, tomó el glande entre sus labios. El sabor a macho, a sal y a algo amargo le invadió la boca. Empezó a lamer, a besar, a succionar con torpeza, guiándose por los gruñidos de aprobación que soltaba el albañil.
—Eso es… usa la lengua… más adentro…
Mientras tanto, los otros cuatro se habían desvestido a su vez. Y no perdieron el tiempo.
Luis se arrodilló detrás de Leonardo y le subió el vestido rosa hasta la cintura. Las dos nalgas blancas y redondas del chico quedaron al aire, apenas separadas por el hilo de la tanga. Luis apartó el encaje con un dedo y escupió sobre el ojete rosado y apretado.
—Mira nomás qué cerradito lo tiene —murmuró, embadurnando de saliva el anillo de músculo—. Ni un dedo le va a entrar así.
—Pues a abrirlo —dijo Martín, acercándose con un frasco de aceite de cocina que había sacado de la bolsa del Oxxo—. Toma.
Luis se untó los dedos con el aceite y volvió al ano de Leonardo. El chico gimió alrededor de la polla de don Toño cuando sintió la primera presión. Un dedo calloso entró despacio, retorciéndose, estirándolo.
—Tranquila, muñeca —le susurró don Toño, acariciándole el cabello mientras le empujaba la cabeza—. Relájate. Te va a doler un poquito al principio, pero luego no vas a querer que pare.
El dedo de Luis entró hasta el fondo y salió. Entró otra vez. Y luego fueron dos dedos, abriéndolo con paciencia, aceitándolo por dentro mientras Ramiro...
Mi viaje a Puerto Vallarta Parte 5
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