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Leonardo se incorporó de la cama con la torpeza de quien acaba de ser arrancado del sueño. El foco del techo le hería los ojos, y la repentina invasión de voces, risas y cuerpos lo dejó paralizado contra la pared, con las sábanas enrolladas en las piernas.
—Perdón, perdón… no sabía que ya había alguien —dijo, pasándose una mano por el cabello revuelto.
El más joven del grupo —el que lo había descubierto primero— soltó una risa sin malicia.
—No te preocupes, chavo. Nosotros llegamos a esta hora siempre. Ni modo que te durmieras con las gallinas. —Soltó las llaves sobre su litera y le tendió una mano—. Soy Luis. Ellos son Martín, Pepe, don Toño y Ramiro.
Cada uno fue levantando la mano o asintiendo mientras se repartían por el cuarto. Don Toño era el mayor, cincuenta y dos años, canoso, con una cicatriz que le cruzaba la ceja derecha y unos brazos como troncos. Martín y Pepe rondaban los cuarenta, morenos, fornidos, con el bigote recortado y las manos agrietadas de cargar bultos. Ramiro era el más joven después de Luis, pero aun así le llevaba diez años a Leonardo. Y Luis —veintiocho, delgado pero fibroso, con un tatuaje borroso de la Virgen en el antebrazo— parecía el líder natural del grupo.
—Yo soy Leonardo —dijo, estrechando la mano de Luis—. Llegué hoy.
—¿Turista? —preguntó Ramiro desde el baño, donde ya se estaba echando agua en la cara.
—Más o menos. Se suponía que sí.
—Ah, cabrón. Suena a historia larga. —Don Toño arrastró una silla de plástico hasta el centro del cuarto y depositó sobre ella una bolsa del Oxxo llena de hielo y cervezas—. Siéntate, chavo. Aquí nadie se duerme antes de las dos. Toma una chela.
Le lanzó una Tecate fría. Leonardo la atrapó por reflejo, y el gesto provocó un murmullo de aprobación entre los albañiles.
—Buenos reflejos —dijo Martín, destapando la suya con un encendedor.
—Juega fútbol, seguro —añadió Pepe.
—No. Ajedrez —corrigió Leonardo, y los cinco soltaron una carcajada.
—¡Ajedrez! —repitió don Toño, golpeándose la rodilla—. Miren nomás, tenemos un cerebrito en el cuarto.
Leonardo se sentó en el borde de su cama, con la cerveza en la mano y las piernas cruzadas. Al principio se sintió fuera de lugar: cinco hombres rudos, todos mayores que él, oliendo a cemento y a cigarro, desparramados por las literas como leones en su guarida. Pero el alcohol y la curiosidad hicieron su trabajo. Al cabo de media hora, ya se había contagiado de las risas.
Los albañiles hablaron de su obra: la remodelación de un hotel boutique en la Zona Hotelera Norte. El dueño era un francés medio loco que cambiaba los planos cada tres días y les pagaba con retraso, pero la paga era buena y el trabajo no faltaba.
—Llevamos aquí tres semanas —dijo Luis, encendiendo un cigarro—. Otras tres y acabamos. Luego nos vamos a Sayulita, hay otra obra allá.
—¿Y siempre se hospedan así? ¿En hostales? —pregun...
Mi viaje a Puerto Vallarta Parte 3
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