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El vuelo 487 de Aeroméxico aterrizó en el Aeropuerto Internacional de Puerto Vallarta a las 14:35. Dieciocho minutos después de lo previsto, pero a Leonardo Ortega Mendoza eso le daba igual. Lo único que importaba era que estaba ahí: solo, libre, con una semana entera por delante y la carta de aceptación de la UNAM todavía brillándole en la retina como un sello dorado. Ingeniería en Sistemas. El orgullo le hinchaba el pecho mientras recogía su mochila del compartimento superior.
Hacía calor. Un calor húmedo, pegajoso, completamente distinto al fresquito seco de la Ciudad de México. Al salir del avión, el golpe de aire le despeinó el flequillo negro y le hizo entornar los ojos. A sus dieciocho años recién cumplidos, Leonardo acababa de tomar la primera decisión verdaderamente adulta de su vida: celebrar solo, sin pedir permiso, sin dar explicaciones.
Sus padres creían que estaba en un campamento de preparación universitaria en Querétaro. Una mentira sencilla, bien ensayada. Ellos no sabían nada de esa semana en Vallarta. Y mucho menos sabían lo otro. Lo que Leonardo llevaba años tragándose en silencio en cada cena familiar, en cada misa dominical, en cada «cuándo te presentas una novia, mijo». Eso era un problema para otro día.
Ahora mismo su único problema era la maleta que no aparecía en la cinta.
Tardó veinte minutos más en salir. La recogió con un bufido y se dirigió a la fila de taxis. Puerto Vallarta olía a sal, a pescado frito y a bloqueador solar. Mientras el taxi lo llevaba por la carretera costera, Leonardo pegó la nariz a la ventanilla como un crío. El mar era una lengua azul y verde lamiendo la arena dorada, y por un momento se le llenó la cabeza de imágenes: él en la playa, una cerveza en la mano, quizá conociendo a alguien… alguien con quien no tuviera que fingir. Alguien que no le preguntara por novias.
—¿A qué hotel vamos, chavo? —preguntó el taxista, un señor moreno de bigote canoso.
Leonardo le dio la dirección que tenía apuntada en el celular: Hotel Brisas del Pacífico, Calle Flamingos 142, Zona Hotelera Norte.
El taxista frunció el ceño.
—¿Estás seguro? Esa zona no es de hoteles.
—Es el que reservé.
El hombre se encogió de hombros y siguió conduciendo.
Veinte minutos después, el taxi se detuvo frente a un edificio abandonado de tres pisos. Los ventanales estaban rotos, la fachada descascarada, y un colchón sucio yacía tirado en la entrada junto a una nevera de Coca-Cola oxidada. Un perro sarnoso miró a Leonardo desde la sombra y volvió a echarse.
—Aquí es —dijo el taxista, sin molestarse en ocultar una sonrisa.
—Esto no puede ser.
Pero lo era. La dirección coincidía. Leonardo buscó frenéticamente la reservación en su correo, en la app de reservas, en el historial del banco. El dinero había salido de su cuenta: 4,800 pesos. El correo de confirmación tenía logotipos falsos, errores ortográficos...
Mi viaje A Puerto Vallarta Parte 1 y 2
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