Escrit per: Ferbel
Alfredo empujó.
La punta de su polla, gruesa y caliente, presionó contra la entrada de Fernando y empezó a ceder, despacio, milímetro a milímetro. Fernando sintió cómo aquello lo abría, cómo la carne cedía ante la carne, y soltó un gemido largo, profundo, que le salió de las entrañas.
—Despacio... —susurró, con las manos aferradas a los hombros de Alfredo, clavándole las uñas—. Así... no pares...
—No voy a parar, princesita —respondió Alfredo, con la voz ronca, temblorosa, aguantando las ganas de embestir de una sola vez—. Te voy a meter toda, pero poquito a poco, como te mereces.
Fernando sentía cada centímetro que avanzaba. Era una presión intensa, abrumadora, que le llenaba el cuerpo de una electricidad nueva. No era dolor. Era plenitud. Era como si algo en su interior, algo que siempre había estado vacío, se estuviera llenando por primera vez.
—La tienes tan grande... —gimió, arqueando la espalda, sintiendo cómo Alfredo se hundía más y más.
—Y tú tan apretadito... —respondió Alfredo, besándole el cuello, mordiéndole suave—. Tan calentito por dentro... Me estás volviendo loco.
Cuando Alfredo por fin se la metió entera, cuando sus ingles chocaron contra las nalgas de Fernando, los dos soltaron un gemido al unísono. Se quedaron así un momento, quietos, sintiéndose. Fernando con la polla de Alfredo completamente dentro, latiendo, palpitando contra sus paredes. Alfredo con el cuerpo joven de Fernando alrededor de su verga, apretándolo como un guante caliente.
—Ya está dentro —dijo Alfredo, besándole la frente, los párpados, la nariz, la boca—. Ya eres mío, princesita. Y yo soy tuyo.
Empezó a moverse. Despacio. Un vaivén lento, cadencioso, que entraba y salía con un ritmo suave, casi hipnótico. Fernando lo sentía todo: cada venita de la polla de Alfredo rozándole por dentro, cada embestida llenándole el cuerpo de un calor que le subía por la columna y le explotaba en el cerebro.
—Ah... ah... así... —jadeaba Fernando, con las piernas apretadas contra los hombros de Alfredo, las medias negras resbalándole por los muslos, la peluca despeinada sobre la almohada, los ojos entrecerrados de puro placer—. No pares... por favor no pares...
Alfredo no paró. Mientras lo penetraba, despacio, constante, se inclinó sobre su cuerpo y empezó a besarlo. Le besó los labios, metiéndole la lengua en la boca al ritmo de las embestidas. Le besó la barbilla, la mandíbula, el cuello, chupándole la piel con suavidad, dejando pequeñas marcas que al día siguiente Fernando miraría en el espejo con una sonrisa secreta. Bajó al pecho y le lamió los pezones, uno y otro, haciendo círculos con la lengua mientras su cadera seguía moviéndose, lenta, implacable, dentro de Fernando.
—Qué bonito eres —le dijo Alfredo, con la voz quebrada por el esfuerzo y el placer—. Qué bonito y qué mío.
Las manos de Alfredo recorrían el cuerpo de Fernando como si fuera un instrum...
Cómo perdí La Virginidad Parte Final
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