Escrito por: rd5bwtm9
Fernando levantó las manos temblando y bajó la mirada hacia los zapatos de Alfredo. Viejos, de trabajo, gastados en las puntas. Se los quitó uno a uno, despacio, como le habían ordenado, y luego los calcetines, tirando de ellos con cuidado hasta dejar los pies desnudos de aquel hombre frente a él.
Pies grandes. Duros. Con el olor del día acumulado en la piel, ese olor a hombre adulto, a trabajo, a sudor que se esconde entre los dedos.
Fernando se inclinó y besó el empeine. Despacio, con los labios apenas rozando la piel, sintiendo la textura áspera y caliente. Luego besó los dedos, uno a uno, recorriéndolos con la boca, sintiendo cómo el olor se le metía en la nariz, fuerte, masculino, embarazoso.
Y entonces, en secreto, sin querer admitirlo, aspiró hondo.
Le gustaba. Le daba vergüenza, le daba asco, pero le gustaba. Ese olor a pie de hombre maduro le estaba haciendo algo en el estómago, algo que no entendía y que no se atrevía a nombrar.
Alfredo, recostado en la silla, con los ojos entrecerrados, observaba al chico besar sus pies con devoción.
—Muy bien, hijo —murmuró con satisfacción—. No sabes cuánto tiempo llevaba esperando esto. Un chico joven a mis pies, con su boquita trabajando. Sigue.
Fernando subió. Besó los tobillos, las pantorrillas, subiendo por las piernas con la boca húmeda, sintiendo el vello áspero de Alfredo en los labios. Hasta que llegó al cinturón.
Le temblaban los dedos mientras desabrochaba la hebilla. Tiró del cuero, soltó el botón, bajó la cremallera con un sonido que se oyó en toda la sala, y empujó el pantalón hacia abajo hasta los muslos. Quedó frente a la ropa interior de Alfredo, oscura, abultada, con el calor del cuerpo emanando a través de la tela.
Fernando se inclinó y besó el bulto. Sintió cómo aquello se movía bajo sus labios, cómo empezaba a crecer, a hincharse contra la tela, marcándose con cada beso que Fernando le daba, tímido al principio, luego más seguro, por miedo a ser castigado otra vez.
Alfredo dejó escapar un gemido bajo, profundo, y le pasó la mano por el pelo.
—Siéntate en mis piernas —ordenó—. De frente a mí.
Fernando obedeció, colocándose a horcajadas sobre los muslos de Alfredo, con las rodillas a cada lado, el cuerpo del hombre frente al suyo. Solo quedaban dos telas entre ellos: la ropa interior de Alfredo, con esa erección ya completamente formada, empujando hacia arriba, y la trusa blanca de Fernando.
Fernando le agarró la camisa por el cuello y la abrió de un tirón, saltando los botones por el suelo. Luego se la quitó de los hombros y la tiró sin mirar, dejandolo con el torso desnudo, el pecho lleno de pelo expuesto.
Y entonces Alfredo se inclinó y empezó a besarle el cuerpo.
Le besó el cuello, lento, mordiéndole suave la piel. Bajó a los hombros, al pecho, y cuando su boca llegó a los pezones, Fernando soltó un gemido que no pudo contener, arqueando...
Cómo perdí La Virginidad Parte 9 y 10
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