Escrito por: rd5bwtm9
Parte 1 — La puerta del clóset
Fernando cumplió dieciocho hace tres semanas, y lo único que le importa de esa fecha es que la app amarilla ya no le pide poner una edad falsa. Lleva años mirando de reojo a los chicos del equipo de fútbol, a los de su salón de química, incluso al maestro de educación física, y cada vez que alguien cuenta un chiste de maricas en la cafetería, él ríe más fuerte que nadie. Porque así se hace, ¿no? Porque si nadie sospecha, nadie te señala.
Su cuarto huele a ropa sin doblar y a desodorante barato. La puerta cerrada con llave, los audífonos puestos aunque no suena nada, y el corazón golpeándole el pecho mientras baja la app. Se siente como si todo el mundo pudiera ver la pantalla de su teléfono a través de las paredes.
Se crea el perfil con una foto de su cuello y un poco de mentón, nada de cara completa. Se describe como "chico tranquilo, busca conocer", aunque en el fondo sabe perfectamente qué busca: que alguien lo vea, que alguien le diga que está bien ser lo que es, que alguien lo toque sin que tenga que pedirlo con la boca.
Y entonces aparece Alfredo.
Foto de un hombre de unos cincuenta, canas cortas, mandíbula marcada, brazos fuertes con las manos manchadas de grasa y una sonrisa de las que no necesitan pedir permiso. Su perfil dice: "Hombre serio, de pocas palabras, pero de mucha experiencia. Busco chico que quiera aprender."
Fernando se pone nervioso solo de leerlo. Tiene la polla dura contra el bóxer y el estómago en un nudo. No sabe si es miedo o ganas. Las dos cosas, probablemente.
Alfredo le escribe primero. Nada de "hola guapo", nada de fotos de pollas a lo loco. Le pregunta qué estudia, qué música le gusta, si su familia sabe algo. Le habla como se habla a un chaval que está asustado, con una calma que a Fernando le da una confianza que no le ha dado nadie en la vida.
—No tienes que contarle nada a nadie, hijo —le escribe Alfredo una noche—. Esto es tuyo. Es lo primero que vas a hacer por ti mismo, sin pedir permiso.
Fernando se queda mirando el mensaje un buen rato. Nadie le ha hablado así nunca. Se siente visto. Se siente, por primera vez, como si no tuviera que esconderse.
Quedan para verse. Alfredo le pasa su dirección: una casa a tres calles de la escuela, la misma ruta que Fernando hace todos los días caminando, sin saber que el destino estaba tan cerca. "Ven después de clases", le dice. "No te preocupes por nada, te espero con la puerta abierta."
Fernando pasa todo el día siguiente sin enterarse de una sola clase. Mira el reloj cada cinco minutos. Suda las manos en el pupitre pensando en la casa de las tres calles, en el hombre de las canas y las manos de grasa, en todo lo que podría pasar y que no se atreve ni a imaginar del todo.
Suena la campana.
Fernando recoge la mochila, se pasa la mano por el pelo, y camina hacia la salida con las piernas temblando. Tres calles. La mochila le pesa en el hombro, ...
Cómo perdí La virginidad. Parte 1 y 2
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