Escrit per: tuesclavo25
Hace quince años. Yo tenía veintiún. Me llamaba Miguel.
Marcial tenía cincuenta. Canas en las sienes, manos grandes, voz grave. Esa seguridad de quien ha follado mucho y sabe exactamente lo que quiere. Eliseo era el otro. El que ya estaba dentro antes de que yo apareciera. Y yo, gilipollas de veintiún años, me enamoré perdidamente de Marcial. No de Eliseo. De Marcial. Del que me miraba como si pudiera comerme entero y todavía le sobrara hambre.
Antes de dejarme entrar de verdad, Marcial me puso a prueba.
Me sentó en el sofá de su piso una noche de octubre. La luz era baja. Él me miró fijo, sin sonreír.
—Si quieres estar conmigo —dijo—, tienes que aceptar que Eliseo también está. A veces los dos a la vez. A veces solo él. A veces tú. El amor que yo ofrezco no es de exclusividad. Si no lo aguantas, mejor te vas ahora.
Yo tragué saliva. Tenía la polla dura solo de oírlo y el corazón hecho un nudo.
—Lo aguanto —respondí.
Mentí. O quizás no. En ese momento creí que sí.
Empezamos los tríos.
La primera vez fue en su cama grande, sábanas oscuras. Marcial en el centro. Eliseo a un lado. Yo al otro. Besos lentos al principio. Manos que exploraban. Saliva compartida. Luego Eliseo se lo montó a cuatro patas. Yo me arrodillé delante y le metí la polla en la boca a Marcial mientras lo veía rebotar. Cada embestida de Eliseo empujaba la polla de Marcial más adentro de mi garganta. Marcial gemía con la boca llena de mí. Eliseo jadeaba contra su nuca. Yo miraba cómo la polla de Eliseo entraba y salía, brillante, y sentía una envidia tan densa que casi me ahogaba. Y aun así seguí chupando. Porque era mío. Porque tenía que ser mío aunque compartiera la carne.
Otras noches el orden cambiaba.
A veces me quedaba debajo. Eliseo me follaba despacio, profundo, mientras Marcial me montaba la cara. Yo abría la boca y recibía. El peso de los dos encima. El olor a sexo. El sonido húmedo de la carne contra la carne. Cuando Eliseo se venía dentro de mí, Marcial se bajaba y me besaba la boca sabiendo a su propio semen. Yo lo tragaba todo. Porque lo quería. Porque la posesión y la entrega se me habían mezclado hasta volverse la misma cosa.
Hubo noches en que Eliseo se lo llevaba al baño.
Yo me quedaba en la cama. Oía los golpes contra la puerta. Los “más fuerte”. Los “así, Marcial, así”. Me tocaba despacio, odiándolos y deseándolos al mismo tiempo...
Mis inicios de... la verdad.
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