* Relato mas sexual al final, después del asterisco.
El sol caía sobre el Albatros con una pesadez inmóvil, obligando a los hombres a moverse despacio y a buscar con desesperación cualquier sombra miserable. La falta de agua potable había vuelto la cubierta más silenciosa de lo habitual, llena de cuerpos agotados y sudor reseco. El barco seguía avanzando, dañado pero obstinado, mientras la tripulación cumplía con lo justo. Fue entonces, en medio de aquella calma sofocante, cuando Tomás, desde lo alto del palo, distinguió en el horizonte una forma distinta al océano.
No tardó Pierre en subir a cubierta y clavar la vista en aquella línea oscura. La observó apenas unos instantes, siguiendo con los ojos la forma de la costa y el relieve quebrado. Reconoció Cuba con la seguridad tranquila de quien ya había olido media mar. Se acercó al capitán y le habló en voz baja, que se limitó a asentir una sola vez.
La orden corrió por el barco sin necesidad de repetirse. No era la primera vez que el Albatros cambiaba de piel antes de tocar puerto, y todos conocían su sitio cuando llegaba el momento de parecer otra cosa. La bandera negra desapareció y los colores españoles subieron al mástil. Algunos hombres cambiaron pañuelos, chaquetas o cinturones; otros ocultaron armas demasiado evidentes, limpiaron sangre vieja de la cubierta o apartaron cualquier rastro que recordase demasiado de cerca lo que aquel barco había sido días atrás.
Edward en tierra sería Eduardo, capitán de un mercante castigado por la tormenta y demasiado indispuesto para tratar personalmente con nadie. Diego asumiría el puesto de contramaestre en puerto, no como una invención torpe, sino como un papel ya ensayado otras veces. Tenía el idioma, el conocimiento y la compostura necesaria para sostener la mentira. Miguel quedó reducido a presencia y amenaza, útil a bordo pero menos visible en tierra.
La transformación no fue completa, pero sí suficiente. El botín de especias extraído del mercante español pasó de trofeo a mercancía, colocado donde pudiera verse sin exceso. El Albatros dejó de parecer un depredador y pasó a ser un navío mercante maltrecho, deseoso de agua, víveres y reparaciones menores antes de seguir ruta.
El problema surgió enseguida. Tres de los hombres caídos en el abordaje eran de los pocos que hablaban castellano con soltura suficiente para bajar y sostener preguntas sin correr riesgos. Diego seguía bastando para dirigir el trato, pero necesitarían una segunda voz, alguien que pudiera acompañarlo al muelle, entregar la documentación falsa y responder lo justo sin levantar sospechas.
En Cuba no estaban en aguas amigas. Seguía siendo territorio español, puerto de una corona que no habría mostrado indulgencia alguna si descubrían lo que era realmente el Albatros. Un barco sospechoso podía ser registrado, su carga requisada, y sus hombres detenidos o entregados a las autoridades. Y en un mar donde la piratería seguía siendo pers...