Escrito por: exclavodomestico
Una semana después de su mensaje, tras varios intentos, por fin cuadramos.
Yo le había preguntado
--como quiere lo reciba, desnudo o vestido
--Me da igual, yo solo quiero que me comas la polla a fondo y con mucha saliva
Ya estaba esperando. Me quité la ropa, pero me dejé los calzoncillos. Esperé impaciente, sin apartar la vista de la pantalla durante la hora de espera.
Me mandó un mensaje diciendo que ya estaba; yo le di las indicaciones de cómo entrar.
Insistió:
—Voy a entrar. No quiero hablar. Entro, me desnudo, me haces lo que te he dicho y me voy.
Yo solo pude contestar con un “ok”.
Escuché llegar; entonces abrí la puerta con llave, entró y la volví a cerrar. La oscuridad lo convirtió en una presencia aún más densa. Con el móvil de espaldas a mí fue iluminando dónde dejar la ropa e inspeccionando el lugar. Yo esperé mirando al suelo y, de reojo, lo medí con una obediencia casi humillante. Era un macho alto, más que yo, quizá medía 185 cm y era grueso, con una barriga pesada; quizá superaba los 110 kilos. Pelo corto, rapado.
Dejó el casco en una silla, se quitó la chupa de motero, las zapatillas, los pantalones, los calzoncillos y, por último, la camiseta. Se sentó en el sillón y abrió las piernas. Entendí que era mi turno. Me arrodillé y empecé a chupar su polla; al principio estaba flácida y se caía, así que seguí mamando, tragándome la frustración y el deseo de ser tratado como nada. Quería tocarle la barriga, sentir cómo me imponía su peso y su presencia, pero no tenía permiso. Así que seguí obedeciendo, con la cara pegada a él, rendido a esa degradación que me encendía.
Él permanecía recostado, en silencio, observando cómo me entregaba a lo que me había pedido. Cuando por fin se puso dura, mi propio pulso se volvió más rápido y más sucio; sentí que me estaba usando también la cabeza, que me estaba borrando a propósito.
Llegado un momento, se levantó, se giró y me puso el culo para que se lo lamiera. Yo, obediente, metí la lengua por el ojete; estaba sudado, áspero, con ese sabor rancio y humano que me provocó un estremecimiento de asco y placer. Se dio la vuelta y ya de pie empezó a empujar mi boca contra él, hasta hacerme perder el aire. Me ordenaba sacar la lengua, abrir más, aguantar. Yo obedecía entre arcadas, saliva y tos, sintiendo cómo mi propio cuerpo se rebelaba mientras otra parte de mí quería hundirse más en aquella humillación.Me sentí un objeto, una boca útil, algo que se usa y se tira.
La saliva me corría por la barbilla, me empapaba los labios y me obligaba a respirar entrecortado. Él seguía empujando, con una violencia fría que me hacía vibrar de pies a ca...
Ha estado bien, perro
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