Escrito por: ki5jmznh
Me llamo Diego, tengo 28 años y vivo en un edificio antiguo del centro, uno de esos con ascensor de rejas y pasillos que huelen a madera vieja y a café recién hecho. Llevaba tres años en el quinto piso, disfrutando de mi soledad y de mi rutina: gimnasio por las mañanas, trabajo remoto por las tardes y alguna salida ocasional por las noches. No buscaba nada serio. Hasta que llegó él.
Se llamaba Víctor. Cuarenta y cinco años, recién divorciado, según me contaron las vecinas chismosas del tercero. Mudó sus cajas un sábado por la mañana. Yo bajaba a correr y lo vi cargando un sofá él solo, con los músculos de los brazos hinchados bajo una camiseta gris ajustada que ya estaba empapada de sudor. Era alto, fácilmente 1,90, de hombros anchos y un pecho que se marcaba como una pared. Pero lo que más me impactó fue el vello: espeso, oscuro, asomando por el cuello de la camiseta y cubriéndole los antebrazos como un pelaje salvaje. Tenía barba de tres días, cabello corto con algunas canas en las sienes y unos ojos negros que parecían atravesarte.
Cuando me vio, soltó una sonrisa lenta, casi predadora.
—Nuevo vecino —dijo con voz grave, ronca—. Víctor. ¿Me echas una mano con esto?
Le ayudé. Nuestros brazos se rozaron mientras subíamos las escaleras (el ascensor estaba lleno de cajas). Su olor me golpeó: sudor limpio, madera, un toque de colonia cara. Sentí un calor inmediato en la entrepierna. Él también lo notó. Sus ojos bajaron un segundo a mi pantalón de running y volvieron a mi cara con una ceja arqueada. No dijimos nada más, pero la tensión quedó flotando en el aire como electricidad estática.
Desde ese día, todo cambió.
Empecé a coincidir con él más de lo normal. Por las mañanas, cuando yo salía a correr, él volvía de entrenar. Camiseta ceñida, pantalones cortos que dejaban ver unos muslos gruesos y peludos. Me saludaba con un “Buenos días, Diego” que sonaba más a promesa que a cortesía. Por las noches, cuando volvía del supermercado, lo encontraba fumando en el balcón del sexto, justo encima del mío. A veces se apoyaba en la barandilla y me miraba directamente. Yo fingía no darme cuenta, pero mi polla se endurecía cada vez.
La tensión creció durante semanas. Pequeños roces en el portal. Miradas largas en el pasillo. Una vez me pilló saliendo de la ducha con solo una toalla y se quedó parado en la puerta de su piso, mirándome sin disimulo. Sonrió. Yo entré rápido en mi apartamento, corazón latiendo a mil, y me masturbé pensando en ese pecho peludo aplastándome contra la pared.
Una tarde de lluvia, el ascensor se convirtió en el detonante.
Había bajado a recoger un paquete. El cielo estaba negro y caía un chaparrón. Cuando subía, las puertas del ascensor se abrieron en el sexto y allí estaba Víctor, empapado, con una camiseta blanca pegada al cuerpo que dejaba ver cada detalle: los pectorales grandes, los abdo...
El vecino peludo
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