Escrit per: MasterJuan
Blas sabía que su victoria era precaria y transitoria, que luchaba contra un ser terrible, El Lord, y un padre vengativo y temeroso.
Sabía que su padre le temía, que le detestaba y despreciaba, que era un error que no tenía remedio, que había tratado de corregir muchas veces y nunca pudo conseguir.
Pero a pesar de todo, se sentía satisfecho. Ello no impedía que su condición distara de ser la ideal. Ser tratado como animal, degradado, castigado y humillado, era algo terrible. Esta bien, había demostrado una fortaleza mental y física excepcional para superar la prueba, para salir airoso del desafío, pero el costo no era menor: su cuerpo exhibía las marcas de latigazos, de las heridas dejadas con collares, mordazas, grilletes. El pelo le había crecido desordenado y se percibía descuidado.
Se había acostumbrado a dormir en el suelo, sin cobertor ni protección, a comer en el suelo, a no mirar a los ojos, a guardar silencio, a obedecer sin quejarse, a soportar todo, pero a un alto costo. Era cansador, agobiante y hasta desesperante, pero seguía intacto en su decisión. No le habían logrado doblegar, pero su destino seguía siendo incierto. Y razones para temer tenía, y muchas.
El Lord solía atormentarlo en las noches o durante los entrenamientos con la idea de convencer al padre que se lo vendiese, "Tú como mi esclavo aprenderías a ser un verdadero animal sin voluntad". Ahora me he contenido, pero sin tu padre, no habrá piedad".
Blas no descartaba que su padre adoptase esa decisión, la temía pero no la esperaba. Sabía que su madre extrañaría su ausencia y si el padre le temía, más a su madre. Es más, su madre ya debía estar consultando por su prolongada ausencia de comunicación.
Los últimos días habían sido especialmente fuertes, aunque para Blas habían significado un reconocimiento de sus propias capacidades. Así, por ejemplo, los azotes recibidos le habían confirmado que podía manejar el dolor y que pasado cierto umbral, hasta gozar con el castigo. Se excitaba y ponía duro con los latigazos en la espalda, hasta un punto que deseaba que continuasen. No lo admitía ante El Lord, pero sospechaba que éste se había enterado de su avance.
Fue evidente que se acercaban decisiones cuando El Lord le ordenó que debía asearse. Estuvo casi una hora en una ducha con agua más que tibia y pudo asearse con jabón y su cabello con shampoo. Lavarse los dientes y afeitarse. Echarse crema para la piel y todos esos productos que solían acompañarlo en sus rutinas diarias de aseo diario. Y dormir en una cama, ¡cómo extrañaba una cama!. Se le permitió comer en el comedor de la casa, solo.
El padre llegó luego del almuerzo, se reunió con El Lord y sostuvieron una larga reunión.
- Debo reconocerle que el bastardo de hijo que tiene es un espécimen fuera de serie. Nunca había tenido entre mis manos a un muchacho tan duro y terco. Hasta el moment...
Hermanos (capítulo Undécimo)
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