Escrito por: ki5jmznh
El sol de la tarde caía como fuego líquido sobre la playa nudista de las dunas. Llevaba ya varias horas allí, completamente desnudo, dejando que el calor me bronceara la piel y que las miradas de otros hombres me recorrieran sin disimulo. Me sentía libre, expuesto, con el pene semierecto por la simple excitación ambiental. Pero el cansancio empezaba a hacer mella. Decidí volver al coche, que había dejado en el aparcamiento improvisado detrás de las rocas altas que delimitaban la zona.
Caminaba por el sendero de arena caliente, la toalla colgada al hombro, el cuerpo todavía brillante de sudor y crema solar. Mis nalgas se movían con cada paso, y sentía cómo algunos hombres me seguían con la mirada. No les presté mucha atención. Solo quería llegar al coche, beber agua fría y quizás masturbarme pensando en todo lo que había visto.
Entonces lo vi.
Estaba apoyado contra una de las rocas grandes, al borde del camino que llevaba al aparcamiento. Alto, musculoso, piel morena por el sol, pelo corto y barba de tres días. Completamente desnudo también. Su polla colgaba pesada entre sus piernas, gruesa incluso en reposo, con un piercing en el glande que brillaba bajo el sol. Me miró directamente a los ojos y, sin decir una palabra, levantó la mano e hizo un gesto claro con el dedo índice: ven aquí.
Me detuve un segundo, el corazón latiéndome más rápido. Había algo en su mirada, algo oscuro y dominante que me hizo dudar. Pero seguí caminando, intentando pasar de largo. No llegué lejos.
En cuanto estuve a su altura, su mano grande y fuerte me agarró del hombro con fuerza brutal. Sus dedos se clavaron en mi piel.
—¿Adónde crees que vas, maricón de mierda? —gruñó con voz ronca.
Antes de que pudiera responder, me empujó hacia abajo con violencia. Mis rodillas golpearon la arena. Intenté protestar, pero él ya tenía su otra mano en mi nuca, sujetándome el pelo con firmeza. Su polla, que había empezado a endurecerse en segundos, golpeó contra mi mejilla.
— Abre la boca.
No esperó. Me obligó a separar los labios y me la metió de golpe hasta el fondo de la garganta. Sentí cómo el piercing frío rozaba mi lengua y luego se clavaba en el fondo. Era enorme. Gruesa, venosa, con un sabor salado a sudor y mar. Empecé a tener arcadas inmediatamente, los ojos se me llenaron de lágrimas.
Él no se detuvo. Empezó a follarme la garganta con movimientos cortos y brutales, sujetándome la cabeza con ambas manos como si fuera un juguete. Sus huevos pesados golpeaban contra mi barbilla.
—Así, traga, maricón de mierda. Toda entera.
Gargareaba, bababa, el hilo de saliva me caía por el pecho. Mis manos intentaban empujar sus muslos, pero era inútil. Era mucho más fuerte. Me follaba la boca sin piedad, entrando y saliendo, obligándome a respirar solo cuando sacaba la cabeza casi por completo y luego volvía a clavarla hasta que mi nariz se apla...
La playa
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