Escrito por: ki5jmznh
Me quedé tumbado boca abajo en la cama de esa habitación de hotel, con la cara hundida en la almohada, respirando agitado. Mi culo palpitaba. Sentía cómo el semen caliente de él seguía saliendo lentamente de mí, corriendo por mis huevos y manchando las sábanas. Estaba abierto, sensible, hinchado. Cada pequeño movimiento me recordaba la enormidad de esa polla de 23 cm que acababa de follarme sin piedad.
No podía creer lo que había hecho. Yo, un hetero de 26 años, acababa de dejar que un tío muy peludo de Madrid me dilatara con la lengua y me metiera toda su verga gruesa. Y lo peor… o lo mejor… es que me había corrido como un loco desde la segunda embestida. Sin tocarme. Solo con la presión y la fricción de esa polla enorme contra mi próstata. Todavía sentía los espasmos recorriéndome el cuerpo.
Me giré lentamente y me senté en el borde de la cama. Un hilo grueso de semen escapó de mi ano y cayó sobre la sábana. Lo toqué con los dedos. Estaba caliente, espeso. Me metí un dedo con cuidado y sentí las paredes de mi culo todavía abiertas, suaves, lubricadas por su corrida. Gemí bajito. Era una sensación extraña: dolorido pero profundamente placentero. Como si mi cuerpo todavía quisiera más.
Me levanté y fui al espejo del baño. Me giré y separé las nalgas. Mi ano estaba rojo, visiblemente abierto, con semen brillando en los bordes. Verlo me puso cachondo otra vez. ¿Cómo era posible? Siempre me había considerado completamente hetero. Novias, ligues, sexo normal… y ahora estaba aquí, mirando cómo un tío peludo me había destrozado el culo y me había llenado de leche.
Me metí en la ducha. El agua caliente cayó sobre mi espalda mientras me enjabonaba. Al pasar la mano por mi ano solté un gemido. Estaba hipersensible. Cualquier roce me recordaba sus embestidas fuertes, el sonido de su pelvis peluda chocando contra mí, su barba raspándome las nalgas mientras me comía el culo con hambre. Recordé cómo su lengua gruesa me dilataba, cómo empujaba para entrar, cómo la cabeza de su polla me abrió de golpe.
Me corrí otra vez en la ducha, solo tocándome el ano y recordando la segunda embestida. Fue más suave que los anteriores, pero igual de intenso. Apoyé la frente en los azulejos y dejé que el agua se llevara su semen y mi propia corrida.
Al salir de la ducha me tumbé desnudo en la cama. La habitación olía a sexo: sudor, lubricante, semen. Cerré los ojos y repasé todo lo que había pasado.
Desde que empecé con los dedos en la ducha, sabía que esto podía llegar. Aquel primer orgasmo brutal con dos dedos fue la puerta. Cada vez quería más profundidad, más grosor, más intensidad. Hablar en la app solo alimentó la fantasía. Ver su foto, esa polla de 23 cm y ese cuerpo peludo, me había vuelto loco. Ofrecerle la habitación fue el punto de no retorno.
Y ahora que ya había pasado… ¿qué sentía?
Vergüenza, sí. Vergüenza de ...
La curiosidad 4
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