Escrito por: SinCensura
En el pasillo estrecho que conectaba con la sala principal, una figura esperaba.
Era el esclavo maduro que había visto antes, el que llevaba la copa en la boca. Ahora estaba de pie, erguido, pero con la mirada baja, obediente. En sus manos extendidas sostenía una correa de cuero grueso, negra, con un mosquetón de acero pulido en un extremo. El collar que llevaba brillaba bajo la luz roja del pasillo.
El esclavo no dijo nada. No había necesidad de palabras. Simplemente inclinó la cabeza y ofreció la correa a Eduardo con las dos manos, como quien presenta las riendas de un caballo a su verdadero dueño.
Eduardo tomó la correa sin prisa, enrollándola una vez alrededor de su puño. El cuero crujió suavemente, un sonido que hizo que el estómago de Víctor se contrajera. Luego, se giró hacia Víctor, y con un movimiento deliberado, casi ceremonial, enganchó el mosquetón al anillo metálico del collar que Víctor llevaba puesto.
El clic resonó seco, definitivo, como el cerrojo de una celda al cerrarse.
—Ahora estás atado de verdad —murmuró Eduardo, dando un tirón suave pero autoritario que hizo que Víctor diera un paso tambaleante hacia adelante—. Ven, Perro. Te voy a enseñar dónde descansan los Amos de verdad.
Eduardo caminó, y la correa se tensó entre ellos, un hilo invisible de poder que transmitía cada movimiento, cada intención. Víctor siguió, sintiendo el tira y afloja del cuero contra su cuello, la humillación cálida de ser guiado como a un animal, de sentir que su voluntad ya no existía, que solo existía la dirección de esa mano que sostenía el otro extremo.
Cruzaron la sala principal. Los Amos con sus brazaletes rojos miraron. Algunos rieron, otros asintieron con respeto hacia Eduardo, reconociendo la transferencia que acababa de ocurrir en el baño. Víctor sintió sus miradas como quemaduras en la piel desnuda de su torso, pero no podía levantar la vista. La correa le impedía olvidar su lugar, cada centímetro de cuero que lo conectaba a Eduardo era una cadena más fuerte que cualquier hierro.
Llegaron a la zona donde Eduardo había estado sentado antes: un rincón junto a la barra, con un taburete alto de cuero negro y una pequeña mesa redonda. Era un punto de observación, un trono improvisado desde donde el Amo podía dominar visualmente la sala.
Eduardo se sentó. El cuero del taburete crujió bajo su peso. Se acomodó, extendiendo las piernas con naturalidad, las botas militares brillando bajo la luz tenue. Luego hizo un gesto casi imperceptible con la cabeza hacia el esclavo maduro que los había seguido.
Víctor. Cap. III
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