Escrit per: SinCensura
Pero me equivoqué.
Desde el primer momento, supe que Marcos era diferente. La forma en que se arrodilló, la forma en que miraba a Alex... no era miedo lo que brillaba en sus ojos. Era devoción. Y eso me enfureció. Intenté enseñarles la verdad a ambos con mi látigo, con mi fuerza, con mi violencia. Pero Alex no cedió. Cuando levanté el brazo para golpear a Marcos, Alex me detuvo. Y entonces explotó todo.
No recuerdo bien los golpes. Solo recuerdo la humillación de ser derribado, de sangrar, de ver a Alex proteger a su posesión con una ferocidad que yo nunca había podido generar en nadie. Cuando desperté, estaba en el sótano. Atado. Expuesto. Con mi propia mordaza en la boca y mi cuerpo convertido en un experimento.
Lo que vino después fue peor que cualquier paliza. Alex no me torturó para destruirme; me torturó para revelarme. Cada electrodo, cada negación, cada momento en que mi cuerpo traicionaba mi mente gritándome que quería ser usado, poseído, dominado de verdad... todo eso me desmoronó. Vi a Marcos correrse sin tocarse, viéndolo alcanzar algo que yo nunca había tenido: la entrega total.
Y cuando finalmente rogué, cuando rompí mi orgullo en pedazos y supliqué ser suyo... me negó el orgasmo. Me dejó colgado, literal y figurativamente. Me lanzó mi ropa como quien tira huesos a un perro y me echó. No como su igual. No como su enemigo. Como nada. Como alguien que ni siquiera merecía ser su esclavo.
Ahora estoy solo. Y lo peor es que sé que volveré. Porque por primera vez en mi vida, entiendo que nunca he dominado a nadie. Solo he golpeado. Y el vacío que dejó Alex en mí... es el único lugar donde he sentido algo real.
Tres días.
Habían pasado tres días desde que Víctor salió arrastrándose por la puerta trasera del sótano de Alex, con la ropa puesta torcida, el cuerpo dolorido, y una erección que no se iba ni con el frío de la noche ni con la vergüenza que le quemaba las mejillas. Tres días desde que se sentó en su coche durante veinte minutos antes de poder encender el motor, mirando fijamente el volante, sintiendo cómo el semen de Alex (que había escupido sobre él, que había marcado a Marcos) le parecía más valioso que cualquier cosa que él hubiera logrado en su vida.
Ahora, en su apartamento vacío, Víctor estaba de rodillas en el suelo del baño. Desnudo. La ducha goteaba atrás de él, olvidada. Tenía la mano envuelta alrededor de su propia polla, dura, dolorosa, palpitante con tres días de negación autoimpu...
Víctor
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