Escrito por: maeswo
EL DÍA QUE DEJÉ DE SER MÍO
La primera vez que vi su perfil no sentí nada. Otro amo de escaparate. Otro que promete montañas y desaparece cuando la sumisión se vuelve real. Pasé de largo.
Pero él volvió. Siete meses después. Y no volvió con palabras bonitas. Volvió con un corazón encadenado. Y esa imagen me entró como un cuchillo entre las costillas.
No sé explicarlo. No soy de esos que hablan de almas y destinos. Creo en sinapsis, en neurotransmisores, en circuitos que se refuerzan con cada estímulo. Pero aquel corazón con cadenas abrió una puerta en mi cerebro que yo creía cerrada para siempre.
Empezó la dopamina. Ese puto chute cada vez que vibraba el móvil. La corteza prefrontal intentando razonar: «No te ilusiones, es otro igual.» Pero el sistema límbico ya había decidido por mí. Mi cuerpo segregaba cortisol cuando tardaba en responder. Se me encogía el estómago. Me escuchaba a mí mismo revisando el WhatsApp como un perro que espera la correa.
Y él lo sabía. Claro que lo sabía. Cuando le dije que estaba ocupado, que llegaba tarde, que no podía estar pendiente, él no se compadeció. No me dijo «pobrecito». Me miró desde su silencio y esperó. Y su silencio pesaba más que todas las palabras de los otros.
Empecé a hablarle en mi cabeza. A preparar respuestas antes de que él preguntara. A imaginar su voz, su mano, su puta autoridad sin haberla sentido nunca en mi piel.
Y entonces llegó la orden verdadera: mírate al espejo.
Me paré frente al cristal del baño. Luces blancas. Mi cara. Mis arrugas. Mis ojos. Y por primera vez en décadas, no vi a un hombre hecho. No vi a alguien que controla. Vi a un esclavo que había estado esperando a que alguien le dijera: «Ya puedes soltar la máscara.»
Se me rompió algo. El orgullo. Ese caparazón que construí durante años de amos falsos, de promesas vacías, de esperar a quien nunca llegaba. Se resquebrajó. Y por la grieta empezó a colarse él.
Ahora ya no pienso como antes. Ahora cada decisión pasa por un filtro invisible: «¿Qué haría él? ¿Qué ordenaría? ¿Qué esperaría de mí?» No está aquí. No le he visto la polla. No sé cómo huele su nuca. Pero su voz imaginaria ya vive dentro de mi cabeza y ha empezado a redecorar el mobiliario.
Quiero que me rompa. No con violencia. Con certeza. Quiero arrodillarme y que sus dedos me revuelvan el pelo mientras me dice «buen chico». Quiero que mi única razón para despertar sea cumplir su voluntad.
Quiero sentir el miedo en el estómago cuando tarde en responderme, y la explosión química de alivio cuando lo haga. Quiero que mi cerebro se pudra de tanto pensar en él. Que cada neurona lleve su nombre. Que cuando cierre los ojos solo vea sus órdenes grabadas a fuego en mi corteza cerebral.
No soy joven. Mis rodillas duelen. Pero mi mente, la puta mente, está hambrienta. Nunca ha estado tan viva como ahora. Décadas es...
EL DÍA QUE DEJÉ DE SER MÍO
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