Escrit per: SinCensura
Alex no dijo nada. Su mano se movió con la velocidad de una serpiente, agarrando a Marcos por la nuca con fuerza suficiente para hacerle jadear, para recordarle quién controlaba su aire, su equilibrio, su mundo. Los dedos se enterraron en el cabello de Marcos, tirando hacia atrás, forzándolo a mirar hacia arriba, a encontrar los ojos de su amo.
—Mío —gruñó Alex, y no era una pregunta.
Entonces descendió sobre él. El beso fue una invasión, una marca de territorio brutal y necesaria. Los labios partidos de Alex —hinchados, sangrantes aún— se aplastaron contra los de Marcos con una fuerza que rozaba el dolor. La lengua entró sin pedir permiso, explorando, reclamando cada rincón de la boca de Marcos como si estuviera borrando allí cualquier rastro residual de Víctor, de miedo, de duda. Marcos sintió el sabor metálico de la sangre de Alex, el sabor salado de su sudor, y se entregó a la violencia del beso, dejando que su cuerpo se aflojara en la mano que lo sujetaba, que su lengua respondiera con sumisión adoradora.
Cuando Alex se separó, ambos jadeaban. La respiración de Alex era un sonido áspero, animal, que venía de lo más profundo de su pecho herido.
—A cuatro patas —ordenó, y su voz no temblaba, era un látigo de seda y acero—. Ahora. Como el perro grande y dócil que eres.
Marcos obedeció sin pensar, el cuerpo respondiendo al entrenamiento, a la necesidad más profunda. Cayó sobre sus manos y rodillas en el suelo de madera del pasillo, sintiendo la dureza contra sus palmas, el peso de su cuerpo redistribuido. La posición lo abría, lo exponía, lo reducía a la esencia de su sumisión. Desde ahí abajo, la figura de Alex se alzaba imponente, una torre de carne y autoridad que bloqueaba la luz, que dominaba su campo de visión.
Alex caminó lentamente hacia el perchero del recibidor. De allí extrajo el collar de perro: cuero negro grueso, con hebillas de metal pesado y una argolla en la parte delantera donde antes colgaba una placa con su nombre. Lo sostuvo en sus manos, contemplándolo, dejando que el silencio se estirara, que Marcos sintiera la anticipación como un nudo en el estómago.
—Ven aquí, perro —llamó Alex, dando un tirón suave a la correa que colgaba de su mano.
Marcos gateó hacia él, el movimiento era natural ahora, la vergüenza había sido reemplazada por una especie de paz animal. Se detuvo a los pies de Alex, inclinando la cabeza en señal de sumisión absoluta, ofreciendo su cuello.
Alex se agachó. Sus manos trabajaron con...
¡Para ti, Soy Señor! Mi protegido
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