Escrit per: MasterJuan
Capítulo Octavo
La presencia de El Lord se impuso desde el principio. No necesitaba gritar ni verbalizar su autoridad, solo se imponía. Nada más salir de la hacienda el padre y su hijo Bautista, todos supieron que quien mandaba era esta nueva autoridad.
Y lo hacía de una manera precisa, no admitía cuestionamientos y su poder era real y efectivo. Se decía lo que hacía. Su autoridad era brutal, total y arbitraria. Lo supo inmediatamente Braulio.
El Lord se dirigió hacia donde estaba, un establo, y al observarlo, con autoridad y desprecio, le dijo:
Para mí eres un animal y como tal te trataré, no me importa nada lo que sientas y creas. Desde hoy sentirás mi autoridad, no te atrevas a cuestionarme y ni siquiera me mires a la cara: fijos tus ojos en el suelo, como el perro que eres. Desde ahora te quiero completamente desnudo.
Braulio temblaba, sentía miedo como gran parte de su vida. No tenía resentimiento, sólo pánico. Obedeció sin cuestionar, quedando desnudo, con sus manos en la espalda y mirando al suelo.
Bien, bien. Me tienes miedo. Eso esta bien, te aseguro que tienes miedo en sentir miedo. Acércate y trae esa cadena que cuelga.
El Lord tomó de las manos de Braulio la cadena de pesados eslabones , la puso en el cuello del perro y la cerró con un candado que sacó de un bolso que portaba cruzado en su torso. Tomó la llave y la guardo.
Estas cadenas te molestarán , dolerán y herirán y te sentirás mal en llevarlas y eso es lo que busco. No me importa nada lo que sientas, sólo quiero que sepas que cada día será peor. Me han dado la tarea de entrenarte como un perro, un perro obediente y servicial y eso haré. Te anticipo que no tendré ninguna piedad contigo, pero ninguna, tu padre ya me ha ¡dicho que eres un malagradecido y tienes una actitud torcida y traicionera. Te quitaré todos los deseos de rebelarte y extirparé esos pensamientos de resentimiento que te consumen. Entiéndelo de una buena vez: no vales nada, eres una basura y no tienes ningún derecho sobre nada. Deberías estar agradecido que tu padre te haya dado estudios, casa y trabajo.
Braulio no decía nada, solo escuchaba, invadido por un miedo profundo, que lo paralizaba. Se sentía profundamente pequeño, indigno y miserable. Se fue apoderando de él un arrepentimiento sincero y un profundo odio a su hermano Blas, a quien ya hace un tiempo comenzó a señalar como el culpable de todo el desastre en que se había convertido su vida. Maldita la hora en que le prestó oídos a sus ideas de venganza, traición y apoderarse de supuestos derechos que les habían sido arrebatados. Maldito Blas, maldito.
El Lord le mando ir donde estaba Blas, el hermano, que seguía en la bodega, encerrado y con hambre. Con todo el ajetreo sala mañana, Braulio le había dejado encerrado allí, sin alimentarlo. Al verlo, el hermano pequeño se sorprendió al verlo desnudo y con una cadena en el cuello y pensó ...
Hermanos (Capítulo octavo)
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