Escrito por: danimen
Toronto era un congelador con calles.
Lucas me recibió en el aeropuerto con una pancarta que ponía «EDILBERTO» en rotulador negro y una sonrisa de anuncio de dentífrico. Veinticinco años, metro noventa, rubio, con una mandíbula que parecía tallada a hachazos y unos hombros que llenaban la cazadora de plumas como si hubiera nacido dentro de ella. Me estrechó la mano con la fuerza justa —la de quien sabe que podría triturarte los huesos pero prefiere no hacerlo— y me señaló el aparcamiento.
—El coche está por aquí, Ed. ¿Puedo llamarte Ed?
—Como usted quiera, don Lucas.
Se rió. Durante el trayecto por la autopista cubierta de nieve, me contó que trabajaba en finanzas, que su padre había muerto dos años atrás dejándole la mansión de Forest Hill, y que Adrián —«un amigo de la familia, un tío raro pero de fiar»— le había hablado de mí como el sirviente perfecto para la casa. Me preguntó si sabía hacer poutine. Le dije que aprendía rápido.
La mansión era impresionante: tres plantas de ladrillo y piedra, siete dormitorios, una cocina que parecía sacada de una revista, y un sótano. Por supuesto que había un sótano. Mi habitación estaba allí, junto a la caldera y el cuarto de la colada. Una cama de 90, un armario, un baño minúsculo con ducha de plástico. Lo justo.
Por suerte Lucas no era un cretino, me trataba desde la superioridad pero como a una persona. Para él yo era alguien que mantenía la casa limpia, que cocinaba bien, que desaparecía cuando él traía a alguna de sus conquistas. Las chicas entraban y salían —rubias, morenas, altas, risueñas— y yo oía sus gemidos desde el sótano mientras planchaba sus camisas. Pero me sentía humano.
Una noche, a eso de las tres de la madrugada, Lucas bajó en calzoncillos. Yo estaba despierto —últimamente dormía poco. Se asomó a mi puerta.
—Ed, ¿estás despierto?
—Sí, don Lucas.
—Mañana prepara algo especial para el desayuno. Hoy se queda a dormir una chica y quiero impresionarla.
—Claro, don Lucas.
Se quedó un momento en el umbral, rascándose la nuca. Parecía a punto de decir algo más, pero se encogió de hombros y volvió a subir. Poco después oí el chirrido de su cama y los gemidos de una mujer. Me tumbé boca arriba, me levanté la barriga con un brazo, rodeé mi micropene con dos dedos y me pajeé en silencio mientras escuchaba cómo ese macho se follaba a una tía en la planta de arriba. Me corrí en cinco segundos. Me limpié con un pañuelo de papel que tiré a la papelera. Me giré hacia la pared.
Esto es tu vida ahora, Edilberto. Para siempre. Podría ser peor.
Una voz sonó desde atrás haciéndome dar un salto del susto.
—Hola, David.
Era Elías, había vuelto a aparecer.
—Don Elías, yo… no pude… —tartamudeaba—. Intenté hacer que Marcos recordase pero Adrián lo impidió y me convirtió en… en esto....
Capítulo 10: Venganza
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