Escrito por: SinCensura
Cuando terminó, Alex no le permitió levantarse los platos. En cambio, tiró de la cadena invisible que parecía unir sus voluntades y lo condujo hasta la alfombra del salón.
—De rodillas —ordenó, y la palabra resonó con un peso nuevo, diferente a las del sótano. Esto era domesticación visible, diurna.
Marcos obedeció, sintiendo el cambio de textura bajo sus rodillas: de la madera de la cocina a la fibra áspera de la alfombra. Alex lo rodeó lentamente, evaluando, y luego —sin previo aviso— agarró las tiras adhesivas del pañal y las rasgó. El sonido fue seco, violento en la quietud de la mañana. Quitó el pañal sin miramiento, dejando a Marcos expuesto, desnudo salvo por el collar con pinchos que ahora parecía más pesado, más real.
—Quédate ahí —dijo Alex, llevándose el pañal usado a la cocina, dejando a Marcos arrodillado en medio del salón, sintiendo el aire frío en su piel recién liberada, consciente de que aún olía a ellos, a su mezcla.
Alex volvió con una bolsa de cuero negra que dejó sobre la mesa de centro. De ella extrajo una correa —negra, con hebillas— y se la ajustó a Marcos al cuello, justo por encima del collar de pinchos. Luego enganchó un mosquetón.
—Ven —tiró suavemente, y Marcos tuvo que gatear, realmente gatear, siguiendo el tirón de la correa mientras Alex caminaba hacia el escritorio del rincón.
Allí, Alex se sentó en su silla ergonómica, abrió el portátil, y desparramó una pila de exámenes manuscritos. Marcos esperó la orden, pero esta no llegó de inmediato. Alex simplemente comenzó a leer, a veces garabateando correcciones en rojo, ignorando por completo la presencia arrodillada a su lado.
Los minutos pasaban. Diez. Veinte. Marcos sintió cómo sus rodillas comenzaban a protestar contra la dureza del suelo, cómo su espalda exigía enderezarse. Pero no se movió. Observaba las manos de Alex moverse sobre el papel, el rostro concentrado, los labios fruncidos levemente mientras evaluaba el trabajo de algún estudiante sobre algún escritor indeterminado. La normalidad de la escena —el café humeando en la taza, el tictac del reloj, la luz matutina entrando por la ventana— hacía que su desnudez, su posición de sumisión, resultara más aguda, más absurda.
Alex dejó el bolígrafo y, sin mirarlo, posó una mano sobre la cabeza de Marcos. No acarició, simplemente descansó el peso allí, como quien deja la mano sobre el pomo de un bastón o el lomo de un perro que ha aprendido a no moverse.
—Buen chico —murmuró, volviendo a los exámenes—. Eso e...
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