Escrito por: SinCensura
4122 palabras
La puerta del sótano se cerró con un chasquido seco que resonó en el pecho de Marcos como un segundo corazón. La luz roja lo envolvía todo —las paredes de espejo oscuro, el equipo de metal y cuero, su propia piel desnuda— tintando cada superficie con la tonalidad de la sangre oxigenada, de la vergüenza excitada, de la vida forzada a permanecer en un limbo entre el dolor y el placer.
Marcos
El silencio fue lo primero que golpeó. No el silencio vacío de una habitación, sino el silencio cargado, el que zumbaba contra los tímpanos cuando el cuerpo se vuelve demasiado consciente de sí mismo. Marcos podía oír su propia respiración filtrándose alrededor de la mordaza que ya no estaba —Alex se la había quitado antes de subir, dejándole la boca libre pero la voz robada por la humedad del semen que aún le goteaba por la barbilla.
El vibrador zumbaba dentro de él con una insistencia mecánica, despiadada. No era el placer suave de un masaje, sino una demanda constante, un recordatorio físico de que su cuerpo ya no le pertenecía. Cada pulsación del motor eléctrico enviaba ondas de estimulación directa a su próstata, haciendo que sus muslos temblaran, que sus dedos se curvaran alrededor de las argollas de metal donde estaban atados.
Soy su posesión, pensó, y la idea no fue un miedo, sino un ancla.
Y entonces, como una ola que rompe contra la orilla de su consciencia, llegó el pensamiento que lo detuvo todo: ¿Desde cuándo esto me excita?
Marcos cerró los ojos, no para escapar de la imagen de los espejos, sino para sumergirse en su propia mente, para examinar estas sensaciones que eran tan nuevas como terribles. El vibrador pulsaba dentro de él, una presencia invasiva que no había solicitado pero que, paradójicamente, no quería que cesara. Sentía cómo su próstata respondía a cada vibración, enviando chispas de placer que chocaban contra la barrera del anillo que aprisionaba su polla, creando un cortocircuito de sensación que no tenía salida.
—Esto es una tortura —pensó, y su mente repitió la palabra, examinándola como un objeto extraño—. Esto es literalmente una tortura. Y sin embargo...
Miró su reflejo en los espejos oscuros: un joven atado, expuesto, con el semen de otro hombre secándose en su piel, con un dispositivo mecánico forzándolo a mantenerse al borde del orgasmio sin permitirle cruzar el umbral. Debería sentir vergüenza devastadora, debería sentirse violado, debería querer que esto terminara. Pero lo que sentía, lo que crecía en su pecho como una flor negra, era algo que no tenía nombre en su vocabulario anterior.
—Me gusta —susurró al aire vacío, probando las palabras, sorprendiéndose a sí mismo—. Dios mío, me gusta. No puedo correrme, estoy sufriendo, estoy humillado... y nunca he estado tan excitado en mi vida.
El anillo de metal alrededor de la base ...
¡Para ti, soy Señor! Desde los escombros.
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