Escrit per: edumiso
690 paraules
El regreso a la mansión de Amo Felipe esa noche estuvo marcado por el silencio sepulcral del coche y el latido constante, ardiente y unísono de mis tres perforaciones. El tatuaje de la nuca, cubierto por un apósito protector, tiraba levemente cada vez que inclinaba la cabeza, recordándome de forma perpetua a quién pertenecía. Mis pezones, recién perforados, reaccionaban con un dolor punzante al menor roce de la tela holgada de mi camiseta, mientras que el Príncipe Alberto enviaba ráfagas de calor a mi vientre bajo.Al cruzar el umbral de su santuario privado, el olor a cera, madera noble y cuero me devolvió de golpe a mi realidad sumisa. Felipe no se quitó el traje de inmediato; se limitó a desabrocharse la chaqueta y sentarse en su imponente sillón de cuero negro. Me miró con esa fijeza implacable que me desarmaba por completo.—Desvístete, edumiso. Despacio. Deja que contemple mi obra —ordenó con su voz profunda.Cumplí el mandato con dedos temblorosos. Fui dejando caer la ropa hasta quedar completamente desnudo en el centro de la habitación, bajo la luz mortecina de los candelabros. Mis pectorales estaban inflamados y el acero quirúrgico de las barras brillaba con un matiz agresivo, contrastando con el anillo de titanio oscuro de mi entrepierna. Felipe sonrió con una satisfacción fría y posesiva. Se levantó y caminó hacia el armario de acero donde guardaba sus herramientas de dominación. Escuché el tintineo metálico más fino y agudo que jamás había oído en esa habitación.Cuando regresó, sostenía en sus manos una joya de ingeniería BDSM: un arnés de finas cadenas de acero inoxidable, pulido y reluciente. En los extremos superiores, la estructura contaba con pequeños mosquetones de precisión médica; en el extremo inferior, una cadena ligeramente más gruesa terminaba en un conector diseñado específicamente para acoplarse al anillo de mi Príncipe Alberto.—Esta noche vamos a inaugurar tu nueva red de conectividad, edumiso —dijo Felipe, obligándome a ponerme de rodillas frente a él—. A partir de ahora, cada movimiento de tu torso, cada vez que intentes erguirte o encorvarte, tendrá una consecuencia directa en tus tres puntos de placer y dolor.Con una delicadeza meticulosa que asustaba más que la brusquedad, Felipe se agachó. Primero, enganchó con suavidad extrema los mosquetones superiores a las esferas de los piercings de mis pezones. El simple peso de la cadena colgando hacia abajo hizo que un gemido ahogado escapara de mis labios; la tracción sobre la carne recién perforada era un tormento exquisito. Luego, guió la cadena central hacia mi entrepierna. Con dedos firmes, fijó el conector al anillo de titanio de mi uretra.Al instante, quedé atrapado en una telaraña de metal. La longitud de la cadena estaba calculada al milímetro por Felipe: si intentaba erguir el torso por completo, la cadena tiraba hacia abajo de mis pezones; si intentaba encorvarme para aliviar el pecho, la tensión se...
Probando los pircing
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