Escrit per: Hogger
4473 paraules
La lámpara de aceite oscilaba como un pulso moribundo en la cocina. Sobre la mesa, un trozo de pan negro y un caldo escaso; fuera, Lisboa en 1690 , respiraba lluvia y hambre. Miguel Duarte, que estaba apunto de transformarse de adolescente a hombre esa misma noche, tenia las manos ya curtidas por el trabajo pero la mirada aún con esa mezcla peligrosa de rabia contenida y cautela que solo conocen los que han aprendido a guardar silencio.
La puerta se abrió de golpe. Su padre entró tambaleándose, borracho, con los ojos enrojecidos y la camisa medio desabrochada. Tiró del brazo de su mujer sin mirarla siquiera y la arrastró hacia la habitación. El golpe de la puerta resonó en toda la casa.
Los sollozos comenzaron enseguida. Después, las bofetadas. Cada golpe hacía vibrar las paredes como si fueran de papel. Miguel siguió sentado, el cuchillo de mesa en la mano. Miraba el filo torcido que brillaba con la llama de la lámpara. Tragaba saliva, pero no el miedo: era rabia lo que se acumulaba en el pecho. Se levantó sin prisa. Caminó hasta la puerta de la habitación y la abrió. La escena le quemó la vista: su madre encorvada, su padre fuera de sí, soltando palabras llenas de desprecio. Le estrujaba un pecho con una mano solo para producirle dolor a su mujer, mientras la penetraba con brusquedad y torpeza.
—¿Vienes a aprender, muchacho? Quédate y mira, así sabrás cómo clavar a una yegua.
Fue la provocación final. Miguel no planificó; actuó con la misma urgencia con que un incendió se enciende. El cuchillo de la mesa se cerró en su mano. No hubo cálculo frío ni espectáculo: fue la implosión de años de humillación y miedo comprimidos en un gesto abrupto. El cuchillo corto, de mango de madera, se hundió en el cuello del padre. El hombre apenas tuvo tiempo de soltar un gruñido ronco antes de desplomarse. Miguel soltó el cuchillo y murmuró entre dientes:
—Prefiero clavar a un cerdo.
Su madre corrió hacia su esposo, gritando que qué había hecho, que era un asesino. Miguel no contestó. Salió de la casa con paso firme, sin mirar atrás. Sabía adónde ir. Caminó hasta los muelles oscuros, donde los marineros todavía cargaban barriles bajo la luz de antorchas. El bergantín San Jerónimo zarpaba al amanecer rumbo a Cabo Verde. Miguel conocía cada rincón del barco, trabajaba en el. Se escondió en un hueco en la bodega, detrás de unas cajas de salazón. Se encogió allí, en la penumbra, mientras los hombres cerraban la escotilla. El crujido de las cuerdas y el golpe seco de los toneles lo fueron arrullando. Cuando el sol despuntó, el barco ya había dejado atrás Lisboa. Cubierto de sudor frío y silencio, supo que no volvería jamás.
Los años siguientes fueron un aprendizaje brutal. Hambre, pesar y paciencia. Miguel sobrevivió porque aprendió a mirar, a trabajar y a no pedir. Subió de oficio a oficio, de cubierta en cubierta; en...
Interludio 1: El Halcón Implacable
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