Escrit per: sum🇪🇸
9347 paraules
Las siguientes semanas fui quedando con Volkan y cada vez me gustaba más. Era un hombre sincero y tierno, divertido e inteligente, además de buenorro. Nos habíamos hecho muy buenos amigos. Y amantes. Le daba unas folladas que le sacaban la leche tan rápido como él me la sacaba con la boca.
A parte de eso, los unicornios y arcoiris volvieron a mi interior. Sí, los trolls del tesoro con sus pelos de punta también. Mi vida siguió su curso habitual: trabajo, piscina, montaña, amigos, hombres que aparecían por ahí en plan telenovela… Lo normal, vamos.
Pagué la cerveza que había pedido en la barra de la discoteca y, al darme la vuelta para volver con mis amigos, lo vi apoyado en una columna. Conté las cervezas que me había tomado y no eran tantas como para estar sufriendo una alucinación.
No voy a mentir: el corazón me dio un vuelco.
El Dr. Robusto sostenía a un chulazo moreno entre sus brazos que bien podría haber salido de un anuncio de perfume, de esos que navegan sobre un yate con gotitas de agua sobre la piel. Le sostenía la cabeza ladeada mientras le comía el cuello y él se lo ofrecía en una postura sumisa. El tío era alto y ancho, pero al lado del Doctor parecía un juguete.
Miré a un tío que pasaba bailando por mi lado. Él me devolvió la mirada.
—No puedo más con mi vida, ¿vale? —le dije risueño.
El tío se rió y siguió bailando. Volví a mirar al Doctor y vi que me miraba fijamente sin dejar de pasar su lengua de bulldog por la perfilada nuca del moreno. No podía juzgarlo, la verdad es que se veía deliciosa. Sentí un escalofrío. Bebí un sorbo de mi cerveza y seguí mi camino.
«A ver, no, universo. No, no, no. De eso nada. Se te han agotado ya las putas opciones. Basta. Esta vez no. Ni hablar», dijo indignada mi voz interior.
Cuando llegué con mis amigos, me preguntaron si me pasaba algo. Quizá ver al médico me había afectado más de lo que creía, yo que sé. La verdad es que de repente estaba cachondo como una perra, así que les dije que me iba fuera a fumar pero, en lugar de eso, me fui al cuarto oscuro.
Aunque cueste creerlo, nunca había entrado en uno de esos sitios, pero ya iba siendo hora de hacerlo. Me sorprendió la poca luz que había. Cuando la vista se me adaptó, vi sombras moviéndose en las paredes: bípedas, centáureas, en forma de H… Aunque aquello se parecía bastante al otro lado de las películas de fantasmas, el morbo me trepó por la entrepierna.
Recorrí los sinuosos corredores evitando las manos que intentaban sobarme. Los sonidos de carne chocando contra carne hicieron que mi polla cobrara vida.
Entonces vi una luz roja. Fui hacia ella como Caroline y flipé cuando vi un columpio colgado del techo donde le estaban dando lo suyo a un tío. ¡Plas, plas, plas!, sonaba el eco de los embistes del macho que lo taladraba sin miramientos. Bajo...
El Doctor Robusto 10 (FINAL): ángel caído
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