Escrit per: SubPas2010
3241 paraules
Miguel despertó con el sonido metálico de las cubetas siendo arrastradas contra el suelo del corral.
Abrió los ojos. Todavía estaba oscuro, pero había un resplandor tenue de luz grisácea filtrándose por las rendijas de las paredes. Amanecer. Temprano.
El Amo ya había venido y dejado el desayuno.
Miguel se incorporó despacio, sintiendo el dolor en su ojete. Seguía adolorido del nudo de Solovino. Sus nalgas estaban pesadas, hinchadas, marcadas con moretones donde las correas de la estructura lo habían presionado. Se arrastró gateando hacia las cubetas junto con los otros tres.
Dentro había una masa espesa, de un color extraño. Café verdoso. Textura grumosa. Olía raro, como a hierbas amargas mezcladas con algo dulce.
“¿Qué es esto?” preguntó Miguel, mirando la masa con desconfianza.
“No tenemos ni idea,” dijo el Dos, metiendo ya la mano en la cubeta y sacando un puño de la masa. “Pero está buenísimo.”
“Nos lo dan una vez a la semana,” explicó el Tres, comiendo también con las manos. “Y después de comerlo, tenemos energía toda la semana. Como si nos recargara.”
“¿En serio?” Miguel hundió los dedos en la masa. Estaba tibia, pegajosa. Se la llevó a la boca.
El sabor era… indescriptible. Dulce al principio, luego amargo, luego otra vez dulce. Había un toque metálico, algo terroso, algo que no podía identificar. Pero era rico. Muy rico.
“¿Verdad que sí?” dijo el Uno, sonriendo mientras masticaba. “No sabemos qué es, pero funciona. Después de comerlo, nos sentimos… más fuertes. Más aguantadores. Como si nuestro cuerpo se adaptara mejor a todo.”
Miguel comió más, llenándose la boca, lamiéndose los dedos. Su estómago gruñó de satisfacción. No sabía cuándo había sido la última vez que había comido algo que lo llenara tanto.
Los cuatro comieron en silencio durante unos minutos, hasta que las cubetas estuvieron vacías. Luego se sentaron en círculo, descansando, charlando de pendejadas.
El Dos contó una historia de cuando trabajaba en una oficina y se cogió a su jefe en el baño. El Tres habló de un trío que tuvo en un antro con dos desconocidos. El Uno recordó a un ex novio que tenía una verga enorme pero no sabía usarla.
Miguel se rio con ellos. Era surrealista. Estar ahí, desnudo, sentado en cuatro patas, con el culo todavía adolorido de haber sido penetrado por un perro, y al mismo tiempo riendo como si estuvieran en una peda normal entre amigos.
En algún momento, el Tres se recostó sobre su colchoneta, se abrió las nalgas con una mano y empezó a masturbarse el ojete con los dedos, despacio, gimiendo bajito.
“¿En serio?” dijo el Dos, riéndose.
“¿Qué? Tengo ganas,” respondió el Tres, sin dejar de meterse los dedos. “Mi culo está pidiendo más.”
...
La Granja del Amo — Episodio 9: El Contrato
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