Escrit per: otroso
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Me gusta que mi joven amo se muestre posesivo conmigo cuando estamos en público, aunque la mayoría de la gente piense -o precisamente por eso- que no dejo de ser un viejo que mantiene a un joven semental.
Mi señor tiene veintiocho años de edad, es más alto y fuerte que yo, guapo y tiene pinta de “chulo” (algo que me encanta); adoro que me abrace o me agarre por mi cintura o por las nalgas mientras estamos juntos, algo que me llena de orgullo. Que, en cualquier momento que le entre la necesidad de follar a la perra que soy, se sienta en la libertad de hacerlo y descargue su leche en mi culo o boca, no solo no me incomoda sino que me hace feliz. Que cuando nos tumbamos juntos en cualquier playa y las miradas dirigidas a él no cesan ni tampoco la perplejidad de no entender qué hace un adonis como él junto a una vieja gorda, me provoca un irrefrenable sentimiento de satisfacción.
No, no soy ningún iluso. Mi amo hace conmigo lo que le sale de la polla (nunca mejor dicho). Por más que me esfuerce, nunca podré atender el 100% de sus necesidades y, por tanto, tiene otras perras fijas, además de no hacerle ascos a cualquiera eventual. Lo entiendo y no me causa ningún problema. Soy feliz con lo que él me da, que es más de lo que necesito.
La nuestra fue una relación que surgió de forma casual, tras un desahogo en un cuarto oscuro, y que ha permanecido en el tiempo. Intercambio de teléfonos primero, nuevos encuentros sexuales que van subiendo de nivel hasta que ambos nos mostramos como realmente éramos y escalamos en estas prácticas tan poco convencionales del BDSM. En esos primeros encuentros establecimos nuestros límites, pero en la medida que nuestra relación fue avanzando se los ha ido saltando todos. Hoy no nos quedan más que un par de líneas rojas que, estoy convencido, las acabará derribando también.
A medida que se fue afianzando como el señor de la casa ha ocupado todo el terreno que yo he ido cediendo. Sin dramas, sin malos rollos… Yo me fui acomodando a mi posición subordinada ante el macho dominante al que voluntariamente me postré. Nunca le discuto ninguna orden, y bien que las da. Su juventud le mantiene alta la libido, convirtiéndolo en un semental que necesita descargar fluidos y tensiones constantemente sobre el esclavo orgulloso en el que me he transformado.
Nunca pensé que estar todo el día desnudo en casa se iba a convertir en una necesidad para mí. Que mi boca y culo iban a demandar las raciones diarias de leche y meados que graciablemente me suministra, que me iba a acomodar al trato en femenino y a los constantes insultos, que otra persona decidiría la ropa interior que debo ponerme cada día, sobre mis salidas y viajes de ocio... Pero todo ello fue sólo el principio. Luego vinieron los azotes, las ataduras, la exposición, la
humillación… creo que salvo algunas prácticas más extremas, como el scat, el resto han caído todas...
Reflexiones de una perra
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