Escrito por: Peludosum
2823 palabras
La fiesta de disfraces en la vieja mansión abandonada del centro de la ciudad era el evento del año. Había oído hablar de ella durante semanas en los grupos de chat gay: una noche temática de terror donde todo valía, donde las máscaras caían y los cuerpos se encontraban sin nombres ni reglas. Yo me había disfrazado de un demonio sexy, con cuernos rojos brillantes, una capa negra corta que apenas cubría mi culo y un tanga de cuero que marcaba cada curva de mi cuerpo. Tenía veintiocho años, un físico definido de gimnasio pero nada exagerado, y esa noche quería sentirme devorado. La mansión estaba iluminada solo con luces rojas y velas falsas, el humo de máquinas de niebla flotaba como un velo, y la música era una mezcla de techno oscuro y sonidos de gritos grabados de películas de terror. El aire olía a sudor, alcohol y deseo reprimido.
Caminé entre la multitud, esquivando zombies sangrientos, payasos asesinos y vampiras con colmillos falsos. Mi corazón latía fuerte. No buscaba nada concreto, solo la adrenalina de la noche. Pero entonces lo vi. Al otro lado del salón principal, bajo un foco rojo que lo hacía parecer salido de una pesadilla erótica. Era él. Disfrazado del hombre lobo de “Un hombre lobo americano en Londres”. No llevaba el traje completo de látex barato; había optado por algo mucho más visceral. Una camisa de leñador rasgada por el pecho, como si el lobo hubiera estallado desde dentro, dejando al descubierto un torso que parecía esculpido en piedra y cubierto por un pelaje espeso y salvaje. Pelo negro y rizado que bajaba desde el cuello hasta el ombligo, denso, brillante bajo la luz, extendiéndose por pectorales enormes, por abdominales marcados que se contraían con cada respiración. Sus brazos eran troncos: bíceps que tensaban las mangas rotas, antebrazos cubiertos de vello oscuro y grueso, manos grandes con dedos que parecían capaces de partirme en dos. Las piernas, enfundadas en pantalones rotos a la altura de los muslos, mostraban muslos como columnas, peludos hasta los tobillos. Llevaba la máscara del lobo ladeada sobre la cabeza, como si acabara de transformarse a medias, dejando ver una barba espesa, mandíbula cuadrada y ojos verdes que brillaban con hambre.
Era enorme. Por lo menos un metro noventa y cinco, hombros tan anchos que ocupaba el espacio como un animal. El vello de su pecho era tan denso que casi parecía una alfombra; se movía cuando respiraba, y en algunos puntos se pegaba por el sudor. Podía imaginar el olor: almizcle, testosterona, hombre puro. Me quedé congelado a unos diez metros, sintiendo cómo mi polla se hinchaba dentro del tanga solo de mirarlo. Él estaba hablando con alguien, riendo con una voz grave que retumbaba por encima de la música, pero sus ojos barrieron la sala y, por un segundo, se posaron en mí. No sonrió. Solo me miró. Como un depredador que evalúa la presa.
No me acerqué de golpe. Quería que fuera lento, q...
La fiesta de disfraces
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