Escrito por: MADUROPREGUNTAME
1000 palabras
Mario llevaba tres semanas follando con Fernando casi cada noche. Su culo ya conocía perfectamente la forma de esa polla gruesa, sus manos sabían anticipar cada bofetón, cada tirón de pelo. Pero esa noche iba a ser diferente.
Fernando le mandó un mensaje a las siete de la tarde: "Esta noche no vienes a mi casa. Te espero a las 22:00 en la calle Embajadores 127, almacén del fondo. Ven solo con chandal, sin ropa interior. No llegues tarde".
Mario sintió un escalofrío. Fernando nunca le había citado fuera de su ático. Aquello olía a algo gordo.
Llegó cinco minutos antes. La calle estaba oscura, apenas iluminada por farolas que parpadeaban. El almacén era un edificio viejo de ladrillo rojo con una puerta metálica entreabierta. Mario empujó y entró.
Dentro olía a humedad y a aceite de motor. Había estanterías oxidadas, cajas apiladas, un sofá viejo con los muelles reventados. En el centro, bajo una bombilla colgante que apenas daba luz, estaba Fernando. Pero no estaba solo.
Había cuatro tíos más.
Todos mayores, todos con pinta de obreros o camioneros. Uno era calvo y musculoso, con tatuajes en los brazos. Otro era más bajo, gordo, con barba descuidada. El tercero era flaco, con gafas y aspecto de oficinista, pero con una mirada oscura. El cuarto era enorme, casi dos metros, con manos del tamaño de platos.
Fernando sonrió al ver entrar a Mario.
"Llegas puntual. Bien."
Mario se quedó parado en la entrada, mirando a los hombres. Su polla ya empezaba a ponerse dura.
"¿Qué... qué es esto?" preguntó.
"Esto," dijo Fernando acercándose, "es lo que llevas pidiéndome desde hace semanas. Dijiste que querías que te trataran como un puto cerdo. Pues aquí tienes a cuatro cerdos más que piensan exactamente igual que yo."
El calvo se adelantó.
"¿Este es el chaval del que hablabas?"
"Sí. Mario, 25 años. Pasivo total. Sin límites."
"Sin límites, ¿eh?" El calvo se rascó la barba y miró a Mario de arriba abajo. "Vamos a comprobarlo."
Fernando le hizo un gesto a Mario.
"Quítate toda la ropa. Ahora."
Mario obedeció. Se quitó el chandal y las zapatillas. Se quedó completamente desnudo delante de cinco tíos que lo miraban como si fuera un trozo de carne.
"Date la vuelta," ordenó el gordo.
Mario se dio la vuelta. Sintió las manos del gordo abriéndole el culo.
"Joder, Fernando, lo tienes bien entrenado. Mira cómo se abre solo."
Los demás se rieron.
"De rodillas," dijo el flaco de las gafas.
Mario se arrodilló. El suelo estaba frío y sucio. Le dolían las rodillas contra el cemento.
Fernando se acercó y le puso un collar de cuero alrededor del cuello. Una cadena colgaba de él.
"Desde ahora eres nuestra perra. Nos vas a obedecer...
MARIO Y FERNANDO EL ALMACEN
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