Escrit per: sumiso_inexperto
7476 paraules
DE MADRUGADA
El teléfono sonó a las nueve y cuarto de la noche. Juan estaba tirado en el sillón mirando una serie, cenando. Cuando vio el nombre en la pantalla sintió esa sacudida familiar en el pecho, esa mezcla de electricidad y ansiedad que sentía desde hacía ya unos varios meses
—Hola —atendió, bajando el volumen del televisor con el control remoto.
—Hola, putín. ¿Cómo andás?
La voz de Pedro venía con ese ruido de fondo inconfundible: el motor del auto, el murmullo de la ruta. Estaba manejando.
—Bien, acá, cenando. ¿Vos? ¿Dónde estás?
—Vengo del viaje de laburo, el de Córdoba. Estoy volviendo. Voy para tu casa cuando llegue.
Juan se incorporó en el sillón. Automático. Como si la sola noticia de que Pedro venía le exigiera al cuerpo una postura distinta.
—¿A qué hora llegás?
—Y... no sé, la verdad. Depende del camino, del tránsito, de si paro a cargar nafta. Calculo que de madrugada. Dos, tres, por ahí. No me esperes despierto.
—¿Seguro? Puedo esperarte.
—No, dormí. Yo entro con mi llave. Cuando llegue te despierto.
—Bueno.
—¿Te portaste bien estos días?
Juan sonrió a pesar de todo. Esa pregunta, formulada con esa naturalidad, como quien le pregunta a un compañero de trabajo si terminó un informe.
—Me porté bien.
—Más te vale. Bueno, corto que estoy en la ruta. Nos vemos en un rato.
Pedro cortó. Juan miró el departamento: los platos sucios, la ropa del día tirada sobre una silla, las zapatillas en el medio del pasillo. Se levantó y empezó a ordenar. No porque Pedro fuera a fijarse a las dos de la mañana, sino porque correspondía que encontrase todo en orden
Lavó los platos. Barrió la cocina. Limpió la mesada. Fue al dormitorio, tendió las sábanas que habían quedado hechas un bollo desde la mañana, acomodó las almohadas, puso la frazada. Se duchó, se depiló lo que hacía falta. Rutinas que ya no necesitaban pensamiento: el cuerpo las ejecutaba solo, como un protocolo.
Se miró en el espejo del baño. La piel lisa de las piernas, del pecho, de las axilas. El cuerpo de un hombre de 34 años que hacía lo posible por mantenerse en forma, no por vanidad sino porque Pedro lo requería así.
Se puso un bóxer negro —el acto más automático del mundo, el gesto de alguien que se va a dormir solo y que por costumbre, por inercia, se pone algo encima— y se acostó. De costado, como dormía siempre, dándole la espalda a la puerta del dormitorio.
Se durmió sin darse cuenta, en algún momento entre la medianoche y la una.
A las dos y media de la mañana, Pedro entró al departamento con el sigilo de alguien que conoce cada centímetro del lugar. Dejó el bolso de viaje en el piso de la entrada sin hacer ruido. Se sacó las zapatil...
EL FIN DE SEMANA QUE LO CAMBIO TODO 15 - DE MADRUGADA
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