Escrit per: Cachopo
2666 paraules
Esa noche no pegué ojo, no podía dejar de pensar en que todo lo que había pasado esos meses estaba planeado por Nano. Aquel puto capullo quería vengarse y joderme la vida. Mientras me tomaba un café bien cargado, llegó de correr como todas las mañanas. Se acercó a mí, como si nada hubiese pasado. Cogí una taza y la serví. Nano sonrió aunque no por mucho tiempo, ya que tiré todo el café por el lavabo mirándole a los ojos. Su gesto cambió, pero tampoco se volvió agresivo. Se desnudó delante de mí, pude apreciar aquel cuerpazo y su rabo casi morcillón cubierto de sudor. Dejó su ropa sudada en el suelo y se fue en pelota picada a la terraza mientras seguía hablando por teléfono.
Ni siquiera el trabajo me distrajo de pensar en ese hijo de puta. Me equivoque varias veces en el reparto y tuve que volver a recoger pedidos mal entregados y llevarlos a la dirección correcta. Cuando llegue a casa era tardísimo. Nano estaba en el sofá, en pantalón corto y con sus famosos calcetines impolutos sobre el en el sofá. Mi cena, la que me preparaba cada noche estaba en la mesa. No lo saludé, y el tampoco dijo nada. Cogí el plato y lo tiré directamente a la basura. Me dí una ducha y me fui a dormir. Él me miró con superioridad como siempre y siguió viendo su película.
A mitad de noche tuve que levantarme, me moría de hambre. Buscaba en la cocina algo de comer. Me asome a su cuarto, lo observé durmiendo, boca abajo, con su potente culazo a la vista. Respiraba lento y profundo como cada noche. Yo una vez saciado, por fin pude dormir. Esa rutina se repitió toda la semana. El miércoles, cuando iba a tirar otra vez la cena que me había preparado, bajo el plato había una nota que decía “No me hables, pero al menos aliméntate”. Esa noche no tiré el plato. Lo llevé a la terraza y lo devoré. Por más que me jodiese necesitaba comer bien al menos. Pensé que el viernes no tendría los huevos de traerse a su ligue de turno, pero parecía que al único que había afectado lo que había pasado era a mí. Mi polla se puso en dura en cuanto escuche las risas de la chica y de Nano por el piso. Por más ganas que tuviese, mi dignidad me impidió pajearme. Me puse una camiseta y unas deportivas y me fui a pasear. Antes de irme comprobé que había dejado la puerta abierta. Nano me miraba sentado en la cama mientras la tía le hacía una mamada que el grababa sin reparos. Sus ojos azules reflejaban la luz del móvil y pude ver como sonreía con superioridad. Caminé horas, sabía que sus sesiones de sexo eran interminables. Me vi por la ciudad dando vueltas sin rumbo. Veía parejas volver a casa, cogidos de la mano y hablando, como hacía yo con Miriam los fines de semana. Los sábados echábamos nuestro polvete semanal. No pude evitar comparar la sesión bestial de sexo que había tenido con Nano y su hermano con los tristes polvos de cinco minutos que echaba conmigo. No se me iba de la cabeza la cara de mi ex,...
Nano Cap. V
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