Escrito por: Peludosum
1690 palabras
Todo empezó un lunes de lluvia en la ciudad. Tenía 28 años y acababa de ser transferido a la oficina central de la empresa. Había pasado dos años en la sucursal de provincia, donde los días eran tranquilos, predecibles, sin sobresaltos. Pero la dirección decidió que el equipo de marketing necesitaba refuerzo y me enviaron aquí, a la capital, con un ascenso razonable y un sueldo que permitía alquilar un apartamento pequeño en el centro.
Llegué temprano, con la corbata demasiado ajustada y el pulso acelerado. El edificio era de cristal moderno, con vistas abiertas a la bahía. Recursos humanos me recibió, me entregó la tarjeta de acceso y me acompañó al piso 12. Mi escritorio estaba al fondo del espacio abierto, pegado a la ventana. Apenas me senté cuando sentí una presencia a mi espalda.
—Bienvenido. Soy el director de marketing.
Me giré y… joder. Era imponente. Treinta y tantos años, alto, hombros anchos que parecían ocupar todo el marco de la puerta, pecho que tensaba la camisa blanca impecable. Brazos musculados que estiraban las mangas hasta el límite, mandíbula marcada, barba de tres días perfectamente recortada y unos ojos verdes que parecían atravesar cualquier intento de disimulo. Olía a cedro y a algo más profundo, más masculino.
—Gracias. Encantado —conseguí decir sin que me temblara demasiado la voz.
—Aquí nos tuteamos. Somos equipo.
Me dio una palmada en el hombro que se prolongó un instante más de lo habitual. El calor de su mano traspasó la tela de la camisa y se quedó allí varios segundos después de que la retirara.
Desde ese primer día noté que estaba pendiente de mí. Siempre. Si llegaba temprano, ya estaba apoyado en mi escritorio con un café en la mano preguntando cómo iba el informe o si necesitaba algo. Si me quedaba hasta tarde, aparecía con cualquier excusa: “Quedó pizza de la reunión, parece que solo estamos tú y yo”. Se acercaba tanto que sentía el calor que desprendía su cuerpo. En las reuniones su pierna rozaba la mía bajo la mesa. Su mano se posaba “sin querer” en la parte baja de mi espalda cuando me explicaba algo en la pantalla.
Pasaban los días y yo intentaba concentrarme en el trabajo. Pero cada vez que levantaba la vista, ahí estaba: observándome desde su despacho con la puerta abierta, con esa media sonrisa que me deshacía por dentro. Empecé a vestirme con más cuidado. Camisas más entalladas, pantalones que marcaban mejor las formas. Sabía que me miraba. Y él sabía que yo lo sabía.
Transcurrieron tres meses. En ese tiempo se convirtió en una obsesión constante. Por las noches, en el apartamento, me masturbaba pensando en esos brazos, en cómo se le marcaban las venas del cuello cuando discutía con algún cliente por teléfono, en el bulto evidente que a veces se dibujaba bajo los pantalones de traje. En la oficina la tensión era cada vez...
Bajo la mirada del jefe
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