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El bosque del macho

Escrito por: Peludosum

ayer
2545 palabras

Cada mañana, a las seis en punto, me calzaba las zapatillas de running, me ponía los shorts cortos de lycra negra que se pegaban a mis muslos como una segunda piel y salía de casa rumbo al bosque que bordeaba la ciudad. Tenía treinta y dos años, un cuerpo atlético pero no exagerado —corredor de fondo, no gimnasio—, y correr era mi ritual. No solo para mantenerme en forma, sino para escapar del estrés del trabajo, del ruido de la oficina y de esa sensación constante de que algo faltaba en mi vida. El bosque era mi santuario: senderos estrechos cubiertos de hojas secas, pinos altos que filtraban la luz del amanecer en rayos dorados, el canto de los pájaros y el olor a tierra húmeda después de la lluvia. Nadie me molestaba allí. O eso creía.

El primer día que lo vi fue un martes de finales de octubre. El aire estaba fresco, casi frío, y yo corría a ritmo constante, respirando profundo, sintiendo cómo mis músculos se calentaban. El sendero principal se bifurcaba en uno más estrecho que bajaba hacia un claro junto al arroyo. Allí, sentado en un tronco caído, estaba él. Un hombre maduro, fácilmente de cincuenta y cinco o sesenta años. Alto, ancho de hombros, con una barba gris bien recortada y el pelo corto salpicado de canas. Llevaba unas mallas negras ajustadísimas, de esas que usan los ciclistas pero que él había convertido en su uniforme diario. La tela era tan fina y tan pegada que no dejaba nada a la imaginación. Se le marcaba todo: los muslos poderosos, las pantorrillas marcadas por años de ejercicio, y sobre todo… la polla. Dios, era imposible no mirarla. Colgaba pesada, gruesa, como un tubo relleno bajo la lycra. El bulto era tan evidente que parecía que la tela iba a romperse en cualquier momento. No llevaba ropa interior; eso estaba claro. El contorno de la cabeza, el grosor del tronco, incluso la forma de los huevos… todo se dibujaba con una precisión pornográfica.

Pasé corriendo a su lado sin detenerme, pero mi mirada se desvió sola. Él levantó la vista, me sonrió con esa calma de quien sabe exactamente lo que está mostrando, y yo sentí un calor subir por mi cuello. Aceleré el paso, pero el corazón ya no latía solo por el ejercicio. Esa noche, en la ducha, no pude evitar tocarme pensando en ese bulto. “Solo fue una casualidad”, me dije. “Mañana no lo veré”.

Pero lo vi. Al día siguiente, miércoles, estaba en el mismo tronco, haciendo estiramientos. Las mallas otra vez, la polla aún más marcada porque el frío había hecho que se le endureciera un poco. Pasé más despacio esta vez, fingiendo que ajustaba mi reloj de pulso. Él me miró directamente a los ojos y asintió con la cabeza, como saludando a un viejo conocido. No dijo nada. Yo tampoco. Pero corrí los siguientes cinco kilómetros con la polla semi-dura dentro de mis shorts, rozando contra la tela con cada zancada.

Jueves. Viernes. Sábado. Domingo. Cada día la misma r...
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El bosque del macho

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