Escrito por: Peludosum
880 palabras
Pasaron los meses. El invierno se llevó el frío del almacén y trajo el calor asfixiante del verano. La campaña de la aceituna empezó a mediados de octubre y la empresa nos mandó a un cortijo perdido en medio de los olivares de Jaén para recolectar durante tres semanas seguidas. Turnos de sol a sol, polvo rojo pegado a la piel y el olor a tierra quemada y aceituna madura en el aire.
Nos tocó compartir habitación. Una pieza pequeña en la planta de arriba del cortijo: dos camas individuales separadas por una mesita coja, un armario que olía a naftalina y un baño diminuto con ducha de plato y azulejos rotos. Sin ventilador que funcionara bien, solo una ventana que daba al olivar y que por las noches dejaba entrar el canto de los grillos y el bochorno.
Desde el primer día, Dani empezó a marcar territorio de otra forma. Se quitaba la camiseta nada más entrar en la habitación, se paseaba en calzoncillos por delante de mí mientras yo me cambiaba, se estiraba en la cama con las piernas abiertas dejando que el bulto se marcara sin pudor. Me pillaba mirándolo y sonreía de lado, como diciendo “sé lo que quieres”.
Por las noches, después de la cena con los demás compañeros, subíamos juntos. Él se duchaba primero, salía envuelto en una toalla que apenas le tapaba y se sentaba en el borde de mi cama mientras se secaba el pelo con otra. Me rozaba la pierna “sin querer” con la rodilla. Me preguntaba cosas tontas solo para quedarse cerca: “¿Te duele la espalda de tanto varear?”, “¿Has visto cómo se te marca el culo con estos pantalones cortos?”. Cada insinuación era más directa, más descarada.
La tercera noche no aguantó más.
Habíamos apagado la luz. Yo estaba en mi cama, sudando bajo la sábana fina, intentando dormir. Él se levantó de la suya, se acercó en silencio y se metió en mi cama sin pedir permiso. Sentí su cuerpo caliente pegándose al mío por detrás, su polla ya dura presionando contra mi culo a través de los calzoncillos.
—No hagas ruido —susurró pegado a mi oreja—. Los demás están al lado.
Me giró boca abajo con facilidad, me bajó los calzoncillos hasta medio muslo y escupió directo entre mis nalgas. Me abrió con los dedos, me preparó rápido, y entró de una embestida lenta pero profunda. Solté un gemido involuntario, alto, que retumbó en la habitación silenciosa.
Él se detuvo un segundo, salió un poco y se inclinó hacia el suelo. Recogió sus calzoncillos del día —los que había llevado todo el puto día recolectando bajo el sol, empapados de sudor, con olor fuerte a huevos, a polla y a tierra— y me los metió en la boca sin contemplaciones.
—Huele y calla —gruñó bajito mientras volvía a entrar hasta el fondo.
La tela húmeda y caliente me llenó la boca. Sabía a sal, a hombre, a él después de doce horas de curro. El olor me invadió la nariz, inten...
Follado por el compañero
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