Escrito por: SubPas2010
3900 palabras
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El Amo le terminó de escribir el número con el marcador industrial. Le puso un "4" grande y negro en la nalga derecha, justo en la parte más gorda, más prominente, donde la curva es máxima. La tinta estaba fría y el trazo del marcador sobre la piel recién rasurada le provocó un escalofrío que le recorrió toda la nalga y le llegó hasta el ojete, que seguía abierto, hinchado, todavía goteando.
"Eres la Vaca Cuatro," dijo el Amo, soplando sobre la tinta para que secara. "No tienes nombre aquí. Eres un número. Las vacas no tienen nombre."
Le dio una palmada suave sobre el "4" recién escrito, como sellando la marca, y la nalga rebotó con el número impreso encima, obsceno, degradante, perfecto.
"Al corral. Gateando."
Miguel se despegó del potro con esfuerzo. Tenía las piernas de gelatina, los brazos le temblaban, y su culo pesaba como si llevara dos sacos de cemento pegados a la cintura. Se bajó al suelo, se puso en cuatro, y empezó a gatear siguiendo al Amo, que caminaba delante de él con pasos largos, sin voltear a verlo, como quien guía a un animal que ya sabe que va a seguirte.
Atravesaron el establo. Miguel sentía el cemento frío en las rodillas y las palmas, y sus nalgas se balanceaban de lado a lado con cada avance, ese movimiento pesado e hipnótico que el Amo ya le conocía. El "4" en su nalga derecha se movía con la carne, deformándose y volviendo a su forma con cada paso.
Al fondo del establo había una puerta de madera que daba a un pasillo cubierto. El Amo la abrió y Miguel gateó por el pasillo, que tenía piso de tierra y olía a paja húmeda. Al final del pasillo había otra puerta, y detrás de esa puerta, el corral.
Era un espacio rectangular, más grande de lo que Miguel esperaba. Paredes de madera gruesa de metro y medio de alto, techo de lámina para dar sombra, piso mitad tierra mitad concreto. Había cuatro colchonetas en el suelo, cada una junto a la pared, con una argolla de metal empotrada arriba. En una esquina, una llave de agua con una manguera. En otra, cubetas y trapos. Era austero, funcional, limpio dentro de lo que cabe. Un espacio diseñado para contener animales.
Y ahí estaban los otros tres.
Miguel los vio y se le cortó la respiración.
Tres chavos. Todos desnudos. Todos en cuatro patas o sentados sobre sus colchonetas. Y todos —todos— con un culo descomunal.
El primero estaba sentado con las piernas cruzadas sobre su colchoneta, recargado contra la pared. Blanco, pelo castaño claro, cara redonda, ojos grandes y expresión cansada. Flaco de arriba, como Miguel. Pero de la cadera para abajo era una explosión de carne: nalgas enormes, redondas, desparramándose contra la colchoneta y sobresaliendo a los lados de su cuerpo como dos cojines inflados. Tenía un "1" escrito con marcador en la nalga izquierda, ya medio borrado por el tiempo y el uso. Era el ve...
La Granja del Amo — Episodio 5: El Corral y las Otras Vacas
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