Escrit per: SubPas2010
1970 paraules
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Miguel llegó gateando hasta la entrada del establo. Las rodillas ya las traía rojas, raspadas por la tierra y las piedritas del camino. Las palmas de las manos sucias, llenas de polvo. Pero nada de eso le importaba porque sentía el ojete todavía palpitándole por el pulgar que el Amo le había metido afuera, y la verga le seguía escurriendo líquido preseminal que le goteaba en la tierra mientras avanzaba.
El establo era una construcción grande de madera, con techo alto de lámina. Olía a heno, a tierra húmeda, a cuero, y debajo de todo eso, a algo más. A sudor. A sexo rancio. A cuerpos usados. Miguel registró ese olor en alguna parte primitiva de su cerebro y la verga le brincó.
"Alto," dijo el Amo detrás de él.
Miguel se detuvo, todavía en cuatro patas, justo en el centro del establo. El suelo ahí era de cemento pulido, frío contra sus rodillas y sus manos. Había poca luz; entraba por unas ventanas altas cubiertas de mugre, y un par de focos amarillentos colgaban del techo con sus cables pelados.
A la derecha, Miguel alcanzó a ver tres espacios separados por divisiones de madera, como los compartimentos donde se meten los caballos en los establos. Corrales individuales. En cada uno había un colchón delgado en el suelo, una cubeta, y argollas de metal empotradas en la pared. No se veía a nadie en ellos, pero en uno de los colchones había una sábana revuelta. Los otros pasivos debían estar en otro lado.
A la izquierda había una mesa larga de madera con cosas encima que Miguel no alcanzaba a distinguir bien desde su posición. Y en el centro del establo, justo frente a él, había una estructura que le heló la sangre y le calentó la verga al mismo tiempo: un potro. Un potro de cuero negro con correas, montado sobre una base de metal, con agarraderas a los lados y argollas en las patas. Era el mismo que había visto en la foto de Grindr.
El Amo pasó junto a Miguel sin mirarlo, fue a la mesa de madera, y encendió una lámpara grande de trabajo que iluminó esa zona del establo con una luz blanca, casi clínica. Luego arrastró un banco de metal y lo puso a un lado del potro.
"Ven aquí. Gateando."
Miguel gateó hasta donde estaba el Amo, las nalgas bamboleándose de un lado a otro con el movimiento. Cada vez que avanzaba una rodilla, la nalga de ese lado subía y la otra bajaba, alternándose en un vaivén pesado y carnoso que el Amo observaba sin parpadear, con los brazos cruzados, recargado contra la mesa.
"Para," dijo cuando Miguel llegó frente a él. "De rodillas. Derecho."
Miguel se irguió sobre las rodillas, las manos sobre los muslos. Desde esa posición, su cara le quedaba a la altura del cinturón al Amo. Podía ver el bulto grueso que se le formaba en la entrepierna de los jeans desgastados, torcido hacia la izquierda, claramente semierecto.
Pero el Amo no se sac...
La Granja del Amo — Episodio 3: La Inspección.
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