Escrit per: DOMpleasure
2531 paraules
La alarma sonó a las 5:00 de la mañana, y por primera vez en años, Adrián no la apagó para seguir durmiendo. Cada músculo de su cuerpo protestaba por el entrenamiento del día anterior, pero había algo diferente en él esta mañana. Un propósito.
Con movimientos rígidos, salió de la cama y se dirigió al baño. Evitó mirar el espejo, como siempre hacía. En la cocina, se encontró con Marta, su compañera de piso, que lo miró sorprendida.
—¿Adrián? ¿Qué haces despierto a esta hora?
—Voy a salir a correr —respondió, mientras preparaba un batido con los ingredientes que Jairo le había indicado: proteína en polvo, plátano, avena y leche.
Marta lo observó con curiosidad mientras vertía el contenido en un termo.
—¿Desde cuándo haces batidos? ¿Y…. desde cuándo corres?
—Desde hoy —contestó simplemente con una sonrisa.
El aire frío de la mañana golpeó su rostro cuando salió del edificio. Jairo le había enviado un mensaje con instrucciones precisas: 5 kilómetros antes de las clases, todos los días. Sin excusas. Sin pausas.
Los primeros doscientos metros fueron tolerables. Los siguientes quinientos, un infierno. A los dos kilómetros, Adrián estaba vomitando en una papelera, con el sudor empapando su camiseta holgada. Pero siguió. Porque cada paso, cada bocanada dolorosa de aire frío, lo alejaba un poco más de ser invisible.
***
El primer mes fue una tortura. Levantarse al amanecer para correr, clases en la universidad, y luego cuatro horas de entrenamiento intenso con Jairo en ese pequeño gimnasio a las afueras. La dieta era estricta: proteínas, verduras, carbohidratos complejos. Nada de azúcar, nada de alcohol, nada que pudiera sabotear la transformación.
—¡Veinte más! ¡Y no me hagas repetirlo! —gritaba Jairo mientras Adrián luchaba por levantar unas pesas que parecían adheridas al suelo.
—No... no puedo más... —jadeó, con los brazos temblando.
Jairo se acercó y se inclinó hasta que su rostro quedó a centímetros del suyo. Su aliento siempre olía a menta, y sus ojos tenían ese brillo depredador que Adrián ya conocía demasiado bien.
—¿Recuerdas nuestro acuerdo, universitario? Si no cumples, pagas. Si cumples... —dejó la frase en el aire, deslizando una mano por el pubis sudado de Adrián hasta rozar el borde de sus shorts de entrenamiento— disfrutas.
Con un gemido mezcla de dolor y determinación, Adrián volvió a levantar las pesas. Una, dos, tres... cada repetición era una tortura, pero la alternativa era peor. O quizás mejor, dependiendo de cómo se mirara. Porque Adrián había descubierto algo perturbador: comenzaba a anhelar el castigo tanto como la recompensa.
A la décima repetición, sus brazos cedieron. Las pesas cayeron con estrépito, y Jairo negó con la ...
LA VENGANZA DEL BOMBERO: bajo las brasas (II)
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