Escrit per: sensiflexi
1541 paraules
Los días siguientes se convierten en una rutina brutal y mecánica. Cada mañana David te despierta, te ordena ducharte y vestirte con la ropa que ha elegido: vestidos cada vez más provocativos, escotes más pronunciados, faldas más cortas. Te maquillas frente al espejo sintiendo cómo cada trazo de delineador, cada capa de rímel, cada pincelada de pintalabios rojo te aleja más de quien eras.
Porque dentro de ti sigue estando Kemuel. El hombre que trabajaba en un almacén. El hombre que vivía su vida tranquila. El macho que nunca pidió esto, que nunca quiso convertirse en esto. Pero por fuera solo queda Sofía, la muñeca que David exhibe y vende noche tras noche.
El tercer día, cuando el coche se detiene frente al Red Lotus Club, te quedas sentada sin moverte. David te mira con frialdad.
"Baja."
"No quiero volver ahí dentro."
Es la primera vez que hablas desde que llegasteis a Bangkok. Tu voz suena rota, agotada.
David se acerca y te agarra de la barbilla con fuerza, obligándote a mirarlo.
"No me importa lo que quieras. Vas a bajar del coche, vas a entrar en ese club y vas a hacer exactamente lo que se te ordene. ¿Entendido?"
El collar vibra amenazante. Cierras los ojos y bajas del coche con las piernas temblorosas.
Esa noche hay veintitrés clientes. Cada uno te usa de forma diferente. Algunos son rápidos, desesperados, acabando en cinco minutos. Otros se toman su tiempo, follándote durante media hora mientras tú te quedas mirando tu reflejo en los espejos del techo, viendo a esa mujer que no eres tú siendo penetrada una y otra vez.
Hay un momento, cerca de las tres de la madrugada, cuando entra un cliente americano enorme, de casi dos metros, con brazos tatuados y una polla de veinticinco centímetros que te hace gritar de dolor cuando te penetra brutalmente desde atrás. Él no se detiene pese a tus gritos. Te agarra del pelo, tira de tu cabeza hacia atrás y te folla con embestidas violentas que te hacen golpear contra el cabecero de la cama.
"Cállate, puta. Para eso estás aquí."
Cuando finalmente se corre dentro de ti y sale de la habitación, te quedas tumbada boca abajo en la cama, sollozando, con el cuerpo completamente destrozado. Dentro de ti, Kemuel grita. Grita de rabia, de impotencia, de humillación absoluta. Pero por fuera solo hay silencio.
El cuarto día, David te lleva a un salón de belleza exclusivo dentro del hotel. Allí, dos esteticistas tailandesas te arreglan las uñas: manicura y pedicura con esmalte rojo brillante. Te peinan el pelo en ondas perfectas que caen sobre tus hombros. Te aplican pestañas postizas más largas, más dramáticas.
Una de ellas comenta algo en tailandés mientras te mira. La otra responde y ambas asienten con sonrisas profesionales. No entiendes qué dicen pero sabes que están evaluándote, midiendo tu apariencia como quien e...
El destino de Kemuel 17
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